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jueves, 4 de abril de 2024

Sobre la consciencia y el libre albedrío

Recojo aquí un breve hilo que he publicado en X-twitter y que no quisiera perder.


1/5

En una charla reciente en Bilbao, @uhandrea nos contaba que pensar activamente solo incrementaba el gasto de energía del cerebro un 2 %. Esto me lleva a la siguiente especulación (no le hagan mucho caso, dada la poca energía que requiere).

Hilo en 5. Discuss.

2/

-El cerebro consume muchísima energía, es un órgano muy caro.

-El cerebro humano es el triple de grande que el de un chimpancé.

-¿Qué cosas hace nuestro cerebro que no haga el de un chimpancé? Principalmente, pensar.

3/5

-Si eso es así, parece que la mayor parte de nuestros pensamientos no los provocamos activamente, sino que nos vienen dados. Entonces, ¿cómo se provocan?

4/5

-Gana, así, fuerza la hipótesis de que nuestra consciencia es como una ventana que nos permite estar al tanto de nuestros pensamientos y sensaciones (una «cámara» que se produce en nuestra mente y con la cual «vemos» parte de lo que hace, por usar el símil de D. Hofstadter).

5/5

-Algo así es lo que nos pasa cuando soñamos, aunque ahí el cerebro se dedique a otra cosa que pensar.

-Ese notar nuestros pensamientos sería la consciencia y esa sensación de que son nuestros serían la sensación de libre albedrío.

lunes, 21 de agosto de 2017

El dilema del tranvía



Hace unas semanas hablamos de los problemas de tranvías en el Otto Neurath y poco después acudí a un seminario del psicólogo Robert Kurzban, que los utiliza como ejemplo de su tesis sobre la mente modular. Me persiguen desde que me dedico a la teoría de los juegos, así que aquí va una entrada para ellos.

Un tranvía está en loca carrera sin frenos a punto de arrollar y matar con toda seguridad a un grupo de 10 personas. La única posibilidad de salvarlos es desviar el tranvía a otra vía en la que solo hay una persona, que también morirá irremediablemente si se hace ese desvío. ¿Qué harías si tuvieras la posibilidad de apretar el botón que active el desvío?

Este tipo de problemas nos muestran que nuestras posiciones morales pudieran no tener una buena justificación.

Esto último es así porque está documentado en experimento tras experimento (mentales, claro, nunca se mata a nadie) que las respuestas a la pregunta crucial depende de variables aparentemente irrelevantes.

Por ejemplo, la respuesta varía si la persona a la que sacrificar es un trabajador de la compañía que hace su trabajo reparando la vía o es una persona que camina irresponsablemente por ella, o si en lugar de desviar el tranvía lo que se puede hacer es arrojar a una persona desde un puente para que caiga delante del tranvía y lo haga descarrilar, o si no se sabe en qué posición está el interruptor que hace desviarse al tranvía, pero se puede dar la orden de que se quede en la que queremos, y así infinitas variaciones del tema.

¿Por qué habría de cambiar la respuesta? ¿Qué tal si esas 10 personas son ciudadanos en un hospital que morirán si no reciben un transplante y la persona que puede salvarlos y morir al donar sus órganos es un ciudadano cualquiera? En todos los casos se trata de 10 vidas frente a una.

Esta es mi postura ante el problema del tranvía. Por una parte debo decir que si el dilema es exactamente como se describe en cada problema, entonces la decisión debe ser la misma en todos ellos. El problema, a mi entender, radica en que no hay manera de pensar ninguno de los problemas en su descripción exacta. Me pasa lo mismo que cuando intento explicar el equilibrio en un juego. Logro ser más convincente cuando exagero hasta el ridículo el contexto del juego: dos personas nacen, juegan el juego, son lo felices que les toque ser según el resultado y se mueren. Ese es todo su universo. En esas circunstancias es más aceptable el equilibrio. Claro que esas son exactamente las circunstancias del modelo, pero es claro también que no existen de esa manera en el mundo real.

Pienso que nos ocurre los mismo con los problemas de tranvías. Tomados al pie de la letra requieren una solución única, tomados en contexto –y cada uno es libre o esclavo de sus instintos de montarse un contexto- pueden estar pidiendo a gritos soluciones distintas.

Una sociedad que sacrifique al azar un ciudadano para donar sus órganos es poco apetecible y poco viable. Sospechosamente, los órganos de los familiares de los ministros o de los médicos se verán poco en el quirófano, los ciudadanos dedicarán grandes recursos a esconderse de las patrullas que buscan donante, .... Este tipo de arbitrariedades, con sus costes añadidos puede estar detrás de una regla impresa en nuestro cerebro que diga que es una mala manera de decidir. Otras reglas, tal vez justificadas, tal vez confundidas, pueden estar detrás de reacciones distintas en las otras versiones del problema.

miércoles, 22 de abril de 2009

La habitación china

Santiago, el anfitrión del excelente blog La máquina de von Neumann, me recuerda el problema de la habitación china de Searle. Tras haber hablado del test de Turing en una entrada reciente, supongo que es de justicia comentar sobre ella. Además, servirá para entender un poco mejor la base de la teoría computacional de la consciencia, tema que está saliendo en los otros no menos excelentes blogs de El libro de la almohada, Los monos también curan,  Una nueva conciencia y A bordo del Otto Neurath.

El experimento mental de la habitación china dice lo siguiente (tomo la redacción de Juanjo Navarro).

Supongamos que una persona que no sabe chino se encerrase en una habitación. En la sala tiene una serie de símbolos chinos sobre hojas de papel en distintas cajas. A la persona se le escriben una serie de preguntas escritas en chino que se le hacen llegar a través de una ventana. Nuestra intención es, naturalmente, que esta persona responda a nuestras preguntas escribiéndonos una respuesta en perfecto chino. ¿Pero cómo? Si esa persona no sabe chino lo único que podremos obtener de ella será una serie de símbolos sin el menor sentido. Bueno, habíamos olvidado un elemento más que esta persona tiene a mano: Un libro de instrucciones. En éste se le especifica (en castellano, naturalmente) una serie de reglas que le permiten combinar símbolos en respuesta a otra cadena de símbolos que se especifique como entrada (la pregunta). Las reglas son del tipo “ante un símbolo de la primera caja con un símbolo de la segunda respóndase con la unión de tres símbolos de la cuarta, sexta y segunda caja”. Es muy importante resaltar que en las instrucciones no se hace ninguna mención al significado de los símbolos sino solo a la forma de combinarlos. Tampoco se hace ninguna restricción en cuanto a la longitud de las reglas ni del libro de reglas. El libro podría muy bien ser una enciclopedia de 2000 tomos y cada regla ocupar medio tomo, y no por ello cambiaría el planteamiento del problema. Finalmente supongamos que el libro de reglas está tan bien hecho que las respuestas resultan ser perfectas en chino.

La pregunta es: ¿La persona ‘sabe’ chino?

Searle, quien propuso el experimento mental, decía que la respuesta a la pregunta debe ser “no”. El código le permite dar respuestas pero, evidentemente, cualquiera de nosotros en esa situación negaríamos haber aprendido chino.

Vayamos por partes:

(1) Pongamos que las preguntas son 1000 (¿cuál es la capital de Islandia?, ¿quién propuso el test de Turing?...) y 1000 son las respuestas. El código será muy sencillo: si los símbolos son tales y tales (descríbanse los símbolos de cada pregunta), escoja esta combinación de símbolos (descríbanse los de la respuesta). En vez de una descripción de los símbolos, el libro de instrucciones puede simplemente escribirlos. Dar estas respuestas no es saber chino.

(2) Pongamos que las preguntas pueden ser cualesquiera (¿qué es la filosofía? ¿te gusta el té verde?). El código no puede prever todas las preguntas posibles (¿o sí?) así que tendrá que hacer como hacen ahora las máquinas de búsqueda en Internet: detectar las palabras claves de la pregunta, ofrecer una respuesta a temas prefijados sobre esas palabras y esperar que la respuesta sea pertinente y de interés. Esto es muy difícil. Un libro de instrucciones (programa, código,…) que haga esto será un gran programa, pero es discutible si eso es saber chino.

(3) Pongamos que el input no son solo preguntas, sino que la “conversación” puede seguir cualquier formato, igual que siguen las conversaciones entre personas chinas o no chinas. Esto es saber chino, y el programa (o código o instrucciones o lo que sea) es el conocimiento del chino.

-¿Cómo que el programa? ¿Qué pasa con la persona?

-Bueno, o bien el programa más la persona saben chino (así, entre los dos) o bien la manera en la que el programa consigue que la persona entienda todas las instrucciones es enseñándole chino. En cualquier caso, no hay otra cosa que conocimiento de chino.

Searle estaba cometiendo una falacia de composición en su respuesta. Como la respuesta en el supuesto (1) era “no” y como sólo había una complicación en las instrucciones, entonces la respuesta era un “no” también para el supuesto (2). Una segunda falacia ocurre cuando se entiende el supuesto (2) como el conocimiento de la lengua china. Si se consiguen conversaciones coherentes en el supuesto (3) con instrucciones cada vez más completas (y complejas), es porque justamente esta complicación, estas instrucciones, estos algoritmos, constituyen el conocimiento de la lengua china (la escrita, por ser fieles al ejemplo).

Mutatis mutandi, esta es la idea detrás del test de Turing. Si complicando una máquina conseguimos los mismos resultados que observamos con un cerebro, tendremos en la máquina las mismas cualidades que el cerebro, y serán estas complicaciones y complejidades las que constituyen esas cualidades.

Ni el test de Turing ni la habitación china dicen nada acerca de la posibilidad de que una máquina vaya nunca a pasar el test de Turing ni a saber chino, sólo nos hacen reflexionar sobre qué pasaría si llegara el caso que presentan ambas pruebas. La teoría computacional de la mente tampoco dice que tales máquinas lleguen a ser posibles, pero sí que cerebro y ordenadores comparten similaridades en la manera de procesar la información. Lo anterior no implica que la teoría prediga que algún día las máquinas alcancen el nivel de complejidad del cerebro humano, pero ofrece una clara línea de investigación para estudiar el cerebro y para avanzar en el diseño de máquinas cada vez más complejas.

miércoles, 1 de abril de 2009

La Teoría de la Evolución: La Historia Más Asombrosa Jamás Contada. Parte 9.

El cerebro y la mente

(Puedes leer la parte octava aquí).



Una de las cosas que implica la Teoría de la Evolución y que puede ser empíricamente demostrada es el gradualismo. Significa este término que no hay saltos, por así decirlo, en la evolución. Cada órgano, cada habilidad, se ha ido construyendo poco a poco y de tal manera que cada paso debe constituir una mejora en sí misma. Vimos en su momento el caso del ojo, pero sin duda que es la consciencia la habilidad o característica más asombrosa de las que se observan en el mundo de la biología.

Los seres humanos somos conscientes de nosotros mismos, tenemos un yo, una identidad, somos capaces de pensamientos y de ideas abstractas. De entre de ellas, la idea de nosotros mismos es una de las más poderosas y, sin duda, es la más real. No sabemos bien cómo definirlo, pero todos nos entendemos cuando lo decimos.

Hay varios momentos de la evolución que son especialmente complicados y todavía no bien conocidos. Aunque ya dijimos que no competía a la Biología, sino a la Química, el origen de la primera estructura autorreplicante es uno de ellos. Otro momento es el origen de la célula y otro más el de la primera célula con núcleo. El origen y naturaleza de la consciencia añade uno más a estos momentos importantes. Llegados a este punto habrá quien esté tentado de dejar de investigar y de poner a un diseñador o un dios de por medio. Corre el peligro de quedarse con un dios menguante a medida que se vayan comprendiendo estos temas.

Una cosa es cierta; a pesar de que no sabemos cómo comenzó la vida, sabemos que algunas moléculas orgánicas básicas se pueden formar fácilmente en la naturaleza, que en las formas vivas éstas moléculas están presentes y que no hay elemento constitutivo de la materia de los seres vivos que no esté en la naturaleza. La diferencia entre materia viva y materia inerte es de organización. Algo parecido podemos decir con el origen de las células. El caso de la consciencia parece distinto. No vemos de qué está constituida. Bien pudiera ser algo distinto a todo lo que hay en el mundo físico que nos rodea. ¿Es así?

Echemos un vistazo a ver qué datos encontramos alrededor:

-Las plantas no parecen seres conscientes, tampoco los organismos unicelulares o los insectos, que nos recuerdan más a autómatas que a los animales superiores. Recordemos que hablamos de consciencia, no sólo de algún tipo de procesamiento de la información del entorno y de reacción frente a ello.

-Hay animales que muestran más consciencia de sí mismos que otros. Pocos animales se reconocen a sí mismos en un espejo. Los grandes simios y, si acaso, el elefante y el delfín. Es poca cosa, sí, pero es que otros animales ni siquiera llegan a ese nivel. Algo hay en la mente de los chimpancés que no hay en la de un ratón o un cocodrilo. Algo que está más cerca de una consciencia como la nuestra.

-Hay animales que muestran más signos de inteligencia que otros, como la capacidad para resolver problemas, usar un lenguaje, jugar o relacionarse socialmente.

-En el Homo sapiens, cuanto más atrás vamos en el tiempo, más nos acercamos al antepasado común con el chimpancé. ¿En qué momento se hicieron conscientes nuestros antepasados? En realidad no puede haber un momento. Cualquiera que sea el punto en que hagamos el corte y digamos “de ahí para adelante todos somos Homo sapiens, pero para atrás no” ocurrirá el hecho curioso que esa generación será más parecida a sus padres que a nosotros mismos.

-Ha habido otras especies de homínidos, cada una con su grado de inteligencia y de consciencia. El Homo habilis, por ejemplo, fue capaz de tallar piedras, pero parece que esto es lo único que supo hacer durante un millón de años.

-El desarrollo de cada individuo parte de la formación de un cigoto que se transforma en embrión, que se implanta y llega a ser feto y, a partir de ahí un bebé, un niño, un adolescente y un adulto. Ni en el cigoto ni en el feto hay consciencia, pero en el adulto sí. No hay un momento mágico en que pasamos de la no consciencia a la consciencia. Hay un proceso gradual.

-Hay enfermedades y malformaciones genéticas que impiden que el cigoto desarrolle una consciencia plena. Hay enfermedades terribles que hacen desaparecer poco a poco esta consciencia de un adulto.

-Todos los desarrollos anteriores están relacionados con el tamaño del cerebro, su organización y la complejidad de las redes neuronales que se producen por las sinapsis (conexiones químicas entre neuronas). Los escáneres muestran cómo distintas zonas del cerebro están ligadas a distintos tipos de pensamiento.

No sabemos cómo se desarrolla la noción de ser un ente que se piensa a sí mismo y que desarrolla sentimientos y raciocinio, pero sí sabemos que este desarrollo es gradual, y que no tiene por qué haber ningún constituyente distinto de los que ya encontramos en el mundo biológico. Todo es cuestión de alcanzar un nivel de complejidad en el cerebro tal que éste vaya, poco a poco, recabando información y estímulos, no sólo del mundo exterior, sino de sí mismo. La mente es un producto de un cerebro asombrosamente organizado. No por eso es menos maravillosa.

Puedes leer la parte décima aquí.