lunes, 28 de junio de 2010

El otro velo de la ignorancia

Se acumulan las noticias sobre velos y burkas. Que si unos municipios prohíben el uso de uno en sus dependencias públicas, que si un imán espera juicio por incitar al acoso de una mujer que decide no llevar el otro, que si el Senado, que si el Consejo de Europa,…

Ha habido discusión en muchos foros sobre la cuestión. Como suele suceder, la inmensa mayoría de las opiniones son de uno de estos dos estilos:
“La libertad de cada cual implica poder llevar velos o burkas si así se quiere”.
“El uso del velo o el burka es una imposición machista y debe evitarse”.
Como he escrito en otras ocasiones, no es buen planteamiento intentar deducir una postura basándose en un principio. No diré que los opinantes ignoren la existencia de varios principios que sean pertinentes al caso. Todo lo contrario, la mayoría piensa que el problema es complejo. Pero sí ocurre que, tras algún tipo de argumentación, uno suele acabar pensando que ha dado con el principio que se debe aplicar en este caso.

Ese es, a mi entender, el error. Todos los principios deben aplicarse (el de la libertad personal y el de defensa del más débil, entre otros). Como mucho, uno podrá decir que, ponderando todo, lo mejor es tal decisión y, en ese sentido, prevalece tal principio. Pero en las ponderaciones deberá importar la evidencia empírica más que las cábalas mentales.

Así, frecuentemente se lee o oye que prohibir el burka puede ser peor, puesto que la mujer a la que se le impone tal vez tenga prohibido salir de casa sin la prenda y eso será todavía peor. Tal vez, pero ¿qué evidencia tenemos de que eso vaya a ser así las más de las veces?

Por lo que sabemos, y sigo centrándome en el burka, hay mujeres que lo llevan libremente y otras que los llevan obligadas. ¿Qué hacer? Si la prohibición implica que una mujer que lo quería llevar deje de poder hacerlo y que, de 10 lo llevaban obligadas, 9 dejen de llevarlo y una no salga de casa durante un año hasta que el marido se dé por vencido, yo vería bien la prohibición. Lo siento por la libertad de esa que quería llevarlo y por el año de cautividad de la otra, pero las cuentas me salen a favor de la prohibición.

Como siempre, estaré a lo que diga la empiria. Si la realidad es distinta y resulta que son multitud las que lo quieren llevar libremente y pocas las obligadas y éstas, además, se quedarían de por vida en casa sin poder salir, cambiaría de opinión.

Esas son las cosas que importan y, curiosamente, son las que no se examinan.

viernes, 25 de junio de 2010

To tweet or not to tweet

El New York Times no usará la palabra tweet en sus artículos, según cuentan por aquí. No encuentra que pertenezca todavía al inglés estándar.

Suena rara una decisión de este estilo en una lengua que nunca ha tenido una academia y que ha mostrado un capacidad de absorber y crear nuevas palabras según se necesitaban y demandaban.

Por una vez les podemos llevar la delantera con nuestro tuitear. Si logramos hacer un verbo con tuenti, miel sobre hojuelas.

martes, 22 de junio de 2010

El que quiera entender que entienda


Siempre me sorprende que en muchos temas nos dejemos, aparentemente, convencer por argumentos que no son tales, sino frases hechas que no resisten un mínimo análisis. Sin duda quien las saca a colación piensa que son el resumen de un argumento más completo, aunque nunca se acabe de desarrollarlo.

La frase con que titulo la entrada es un ejemplo de lo anterior. Tal medida para desincentivar un comportamiento no funcionará, se dice, porque el que quiera hacerlo lo seguirá haciendo. ¿Prohibir el alcohol en las discotecas para menores? No servirá de nada, el que quiera beber, lo hará. ¿Promover campañas contra la violencia machista? ¿Para qué? Eso no hará que el que vaya a maltratar a su pareja lo deje de hacer. ¿Asegurarse de cerrar bien la casa? Inútil. Si un ladrón quiere entrar, entrará.

Si uno se fija bien, la clave de la falacia está en lo que esconde ese “el que quiera”. Pero no todo el mundo quiere siempre hacer algo a toda costa. Si las cosas se ponen difíciles, se harán menos veces que si se ponen fáciles.

Evidentemente, si una casa tiene varias puertas, cerrar todas menos una apenas evitará los robos, solo alguno que otro, en los que el ladrón no tiene tiempo de probar todas las puertas y tiene que salir corriendo porque alguien se acerca. Pero si a un adolescente se le impide llegar demasiado tarde a casa, tal vez no haga algunas cosas que podría hacer a deshoras. Algunos las harán a otras, otros harán algunas menos por el menor encanto de las otras horas para según qué cosas.

Supongo que la falacia viene de pensar que, para cada actividad, la gente viene en dos grupos: los que la quieren hacer en cualquier caso y los que no quieren. En este caso el argumento funciona. En cuanto metamos a alguien en medio de los extremos, el argumento deja de funcionar.

Lo que no sé es por qué me esfuerzo en explicarlo. El que no quiera entender, no entenderá.

sábado, 19 de junio de 2010

O ano da morte de José Saramago


Ya habéis leído en todas partes sobre la muerte de Saramago. Tengo mis más y mis menos con muchos de sus libros. Algunos los he leído con gusto y otros no los he podido acabar. Pero hay uno que él solo le habría valido a Saramago ser merecedor de cuantos premios y reconocimientos literarios hubiera. Se trata del libro "O ano da morte de Ridardo Reis".

Ese libro contiene la prosa más cuidada, sencilla y menos artificiosa que he leído nunca. Un tono justo de saudade, un tema muy normal y humano. Ricardo Reis, uno de los heterónimos de Pessoa, regresa de Brasil a pasar la última parte de su vida en Lisboa. La narración fluye sin decaer nunca, pasando de un hecho a otro, hilvanando la vida y los recuerdos de Ricardo Reis, recorriendo la ciudad blanca, los personajes de la novela y los acontecimientos del mundo con una cadencia perfecta, hermosa, sublime.

Imposible no absorberse en la lectura e imposible no volver otra vez a Lisboa y verla con una mirada distinta.

miércoles, 16 de junio de 2010

¿El 99%?


Leemos en El País la noticia de una clínica que pretendía curar la homosexualidad. No voy a repetir lo que ya dije en su día acerca de la enfermedad de los homosexuales, sino que me voy a ceñir a las interesantes declaraciones de uno de los psiquiatras que trabaja en la clínica. Dice el señor Joaquín Muñoz:
"Nadie quiere ser homosexual, le cae encima. Si con una pastilla pudiesen cambiar su orientación sexual, el 99% querría tomarla."
Son pocas palabras, pero no menos de tres falacias.

1. "Nadie quiere ser homosexual, le cae encima."

Valiente argumento. ¿Acaso a los heterosexuales no les cae encima ser heterosexual? ¿A los hombres ser hombres y a las mujeres ser mujer?

2. "Si con una pastilla pudiesen cambiar su orientación sexual, el 99% querría tomarla."

¿De dónde saca el señor Muñoz que el 99% querría tomarla? Yo no conozco a ningún homosexual que quiera curarse, ni aunque se lo pusieran tan fácil. Pero tal vez mi muestra de homosexuales sea sesgada. Los que conozco no tienen demasiados problemas con reconocerse homosexuales. Tal vez los que conoce el señor Muñoz son otros, los que van a su consulta porque quieren (o así lo interpreta él) ser curados. Pero esa es también una muestra muy sesgada. Así que la pregunta sigue en el aire, ¿de dónde sale ese 99%? ¿De la experiencia de una persona? ¿De un estudio serio?

¿Qué implica ese deseo de cambiar de orientación sexual? A mi no me cabe duda de que hace un par de siglos, muchos negros americanos hubieran querido tomar una pastilla que los hicieran blancos, o muchas mujeres otra para ser hombres. Hoy en día no me vería raro lo contrario, ser mujer, por ejemplo, implica algunos años más de esperanza de vida.

Eran pocas palabras. Tal vez sean el resumen de alguna sabiduría mejor establecida. Lo que pasa es que, en este tipo de cuestiones, yo solamente he oído una y otra vez palabras falaces y ninguna argumentación seria.

domingo, 13 de junio de 2010

Qué (no) sabemos los economistas



Invariablemente, cuando entablo conversación casual con alguien y se descubre mi profesión (para los usamericanos es muy normal preguntarle a alguien por su trabajo), sale el tema de que si la crisis económica y que si se pudo predecir, o que si hay que cambiar todos los modelos de economía porque no se pudo.

La respuesta que doy últimamente es una comparación con los ingenieros. Un ingeniero puede diseñar un sistema (un avión, un tren, una carretera,…) de una manera más o menos eficiente y atendiendo a unos mayores o menores estándares de seguridad, pero los accidentes seguirán ocurriendo y seguirán siendo impredecibles.

Lo que es posible hacer es buscar el diseño para que los accidentes sean los menos posibles y para que, si ocurren, se pueda minimizar el daño. Por supuesto, también habrá que tomar nota de las causas de los accidentes para mejorar todavía más.

En economía ocurre igual. Las crisis económicas son nuestros accidentes. Los economistas tenemos una idea bastante buena de cómo debe ser el sistema económico para que tenga los menos accidentes posibles. Pero seguirá habiendo crisis y seguirán siendo impredecibles.

Imaginemos que los economistas son capaces de predecir que dentro de seis meses habrá una crisis. Si esta predicción es entendida y aceptada por el resto de la sociedad, la consecuencia inmediata es que la crisis no ocurrirá dentro de seis meses, sino que empezará ahora mismo, con todos los agentes anticipándola.

Claro que para cada crisis habrá quien la haya anticipado. Algunos (no necesariamente economistas) por haber hecho un análisis certero y otros la habrán anticipado como quien acierta a la lotería. Incluso si los economistas están de acuerdo que hay una situación económica insostenible (una burbuja en algún mercado, un sistema diseñado con los incentivos al revés,…), la reacción política y social puede perfectamente ignorarlos.

En la mayoría de las situaciones, lo normal es que haya algún consenso en que estamos en una situación inestable, pero igual de normal es que no haya consenso sobre la gravedad de la situación ni sobre su urgencia. ¿Es la burbuja demasiado grande, o permite un aterrizaje suave? ¿Se mezclará el problema con algún otro?

Hay unas cuantas cosas importantes que no sabemos los economistas. No sabemos el futuro, no predecimos las crisis, no sabemos qué hará la bolsa y no sabemos si los políticos nos harán caso. Tampoco sabemos cómo sacar a un país de la pobreza o cómo entusiasmar a una sociedad en un proyecto común. Pero nunca hemos presumido que sabíamos esas cosas. Tómese cualquier manual de economía como demostración.

Pero sí sabemos que unos mecanismos económicos permiten hacer las cosas mejor que otros. El mecanismo por sí solo no lo hará, como la democracia por sí sola no hace nada. Hace falta tomar muchas decisiones por muchos agentes y usar del saber hacer de todo el mundo.

jueves, 10 de junio de 2010

Jugar a ser dios (2)


Hace cuatro entradas me preguntaba qué significado se le podría dar a la expresión “jugar a ser dios” y en qué circunstancias estaría bien empleada.

Cuesta entender su significado porque yo no tengo ni idea de qué o quién (o quiénes) es dios, ni lo que hace, ni, por tanto, lo que sería jugar a eso que hace ese dios. No solo yo no tengo ni idea de todo esto, sino que nadie en este mundo la tiene.

Si alguien se inventa lo que es y lo que hace un dios, podría inventar un significado para la expresión, pero sería de uso propio suyo y de los que tengan la misma inventiva. Otros, con otras ocurrencias tendrían otro significado para la expresión. No avanzamos mucho.

Si ahora, ese u otro alguien quiere hacernos creer que sabe lo que es y hace un dios y, no conforme con eso, nos quiere hacer creer que él sabe lo que manda y deja de mandar ese dios, ahora ese alguien estará él mismo poniéndose en el lugar de un dios en una mascarada en la que él se erige en personaje principal.

Ese alguien estará jugando a interpretar a dios, que es los más cerca de jugar a ser dios que se puede estar.