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lunes, 29 de septiembre de 2025

Manifiesto contra el monopolio moral

No existe el pecado original, ni el mandato divino, ni el imperativo categórico. No hay nada sagrado. Nunca ha habido una edad de oro ni habrá un fin de la historia mientras haya seres humanos. Las esencias no existen, ni el sentido de la vida, ni una finalidad en la evolución. Nada está escrito. La naturaleza no es buena ni deja de serlo, solo es indiferente. No hay un derecho natural. No existe lo bueno ni lo malo sin un sujeto moral. La sociedad no es sujeto moral más que en un sentido figurado. De lo que es no puede deducirse lo que debe ser. No es posible hablar de moral sin valorar las consecuencias. El universo no ofrece un punto de vista. El tiempo carece de una posición original.

 

Lo que sí existen son seres humanos que toman decisiones según sus preferencias morales, su capacidad de convencer o de imponerse unos a otros y atendiendo a las restricciones físicas, biológicas, sociales, económicas, de incentivos o de cualquier otra índole. El bien o el mal siempre es referido a un ser que hace valoraciones morales. Las valoraciones de un ser humano no suelen ser muy distintas de las de otro ser humano, pero, cuando lo son, las de uno no vinculan al otro. Una valoración de la mayoría no crea el bien ni el mal objetivos, ni siquiera para esa mayoría. Decir «esto es malo» no tiene ningún sentido fuera del que se quiera acordar entre quienes hagan esa afirmación. La definición dada por el acuerdo no vincula a quienes no lo comparten. Solo se puede decir «yo considero que esto es malo». Si algo me parece muy malo, yo no puedo decir «esto es malo», pero tampoco lo puede decir, pretendiendo dotar a la frase de un significado objetivo, quien crea que sí puede. No poder decir «esto es malo» no implica ninguna aceptación ni resignación, es solo la constatación de que las afirmaciones morales necesitan definir un sujeto gramatical que sea también sujeto moral. El sujeto gramatical da sentido a la frase, el sujeto moral da sentido a la moralidad. Una afirmación vaga y abstracta se lo quita.


Cualquier pretensión de deducir una moral única, sea por convicción religiosa, metafísica o ideológica, y de querer imponerla, sea por la fuerza bruta, el adoctrinamiento, la mayoría de los votos o el activismo de una minoría militante, supone un acto de intolerancia. Se puede ser intolerante con algunas ideas especialmente perniciosas, pero no con la mayoría de las posiciones morales sobre las que tenemos desacuerdos. No puede haber monopolios morales.

 

Para imponer la moral de un individuo sobre la de otro basta la fuerza. Para el convencimiento o el acuerdo entre individuos algunas ideas ayudan más que otras. Es conveniente estudiar y entender cuáles son. Eso haría un buen libro sobre ética. Algunas de las ideas referidas a lo inexistente también pueden ayudar. En este último caso, es preferible entenderlas como metáforas o propuestas de puntos de partida, siempre de manera tentativa hasta encontrar otras más convincentes y útiles. He cometido un desliz, he dicho «es preferible» cuando debía haber dicho «yo prefiero» o haber propuesto, por ejemplo, una definición de preferible como aquello que produce mejores acuerdos y convencimientos. O bien, he dicho «es preferible» como metáfora o propuesta de punto de partida. Cometeré esta metáfora más veces.

 

Nada de lo anterior me obliga a aceptar moralmente nada, solo me obliga la no contradicción de mis propias convicciones morales, si eso me importa. Tampoco impide que, mirando al pasado, veamos un progreso moral sin demasiados altibajos en una escala histórica, ni impide que les pase lo mismo a quienes en su día miren desde el futuro.

 

Hay tratados de ética que creen probar verdades morales objetivas. Eso es imposible. Otros buscan proposiciones morales compartidas. Eso es posible. Algunos de ellos, de los primeros y de los segundos, confunden ambas cosas. Otros cometen metáforas no siempre aclaradas. Hay intentos de demarcar el ámbito de las proposiciones morales y de mostrar las diferencias entre estas y otros tipos de proposiciones, como hay intentos de buscar el origen de nuestras preferencias morales y de conocer el alcance de su maleabilidad. Eso también hace buenos libros de ética y también ayudará a que podamos entendernos. Este libro tiene fines más modestos, no es un tratado de ética en ninguno de esos sentidos.


 Con este libro espero conseguir tres objetivos. El primero, desarrollar el significado de las frases de este manifiesto. El segundo, permitir un planteamiento más claro de los conflictos morales. El tercero, mostrar cómo algunas herramientas del análisis económico, y en particular el concepto moderno de utilidad, sirven para los dos primeros objetivos. Esto último requiere una mayor explicación. Toda la moral consiste en tomar posición en presencia de conflictos morales. Así, el principio «no matarás» nunca ha significado «no matarás nunca», sino una declaración de que las excepciones deben ser las menos posibles. Hay personas que aceptan matar en defensa propia, por venganza o para evitar más muertes. Todas esas personas pueden aceptar también el principio o mandamiento y todas ellas pueden considerar la vida humana como sagrada, pero solo lo estarían haciendo metafóricamente. Quien mata por placer o por interés se excluye del mandamiento. Algo parecido se puede decir de otros principios, como el «no robarás» o el «no mentirás». El análisis económico ha desarrollado sus herramientas para analizar el uso de recursos escasos con fines alternativos. Cumplir con principios morales supone desear fines alternativos. Desear varios fines implica tener que sopesarlos cuando entran en conflicto. Diferentes personas sopesarán los principios de distinta manera. En general, la solución no será la imposición de un principio sobre otros, sino que incorporarán todos, pero ninguno de manera absoluta. En casos particulares sí podrá prevalecer un principio. El análisis y la reflexión nos ayudan a ser coherentes con la manera de sopesar los principios. Hay muchas maneras de ser coherente.

Ser reflexivos y coherentes facilita el desarrollo de las preferencias morales propias y de su aplicación. También facilita los acuerdos y compromisos entre personas que acepten ser reflexivas y coherentes. Hay conflictos morales sobre los que no hay posibilidad o querencia de compromiso. Los derechos humanos reconocidos internacionalmente han dejado de ser negociables en gran medida. Los conflictos morales dentro de las sociedades democráticas, abiertas y con Estado de derecho son, casi todos, mejor tratados cuando se discuten y se llega a compromisos políticos que cuando se imponen por la fuerza o por mayorías escasas. Este libro está orientado a favorecer el planteamiento y discusión de estos conflictos.


En este enlace se accede a la página del libro, con el primer capítulo de muestra.

jueves, 1 de septiembre de 2022

Diseño de un sistema de salud y el riesgo moral

En un debate (USA) se presenta un caso: un trabajador joven y sano no se asegura. Luego padece una enfermedad grave de tratamiento caro. ¿Qué hacer?

Para un participante, el Estado no está obligado a nada: en eso consiste la libertad.

Opino en 10 tuits:

1/10

La lógica es esta: si el Estado no cubre los tratamientos, los individuos se asegurarán. La solución no es medicina pública, sino individuos responsables. De esta manera se fomenta la responsabilidad y la gente se asegurará. Tendremos una sociedad responsable.

¿Impecable?

2/10

Examinemos algunos peros a esa argumentación:

(i) Hay gente que no tiene recursos para pagarse un seguro. En realidad, el caso no iba por ahí, sino por quien, pudiendo pagárselo, decide no hacerlo. Dejemos, pues, esta parte de la cuestión para otro momento.

3/10

(ii) La cuestión es si el Estado puede dejar morir a alguien en esa situación. El participante, con el entusiasmo de parte de la audiencia que grita «sí, que se le deje morir», parece no tener problema contestar afirmativamente.

4/10

El problema con esta respuesta es doble:

Por una parte, en la mayoría de las sociedades esta solución no es moralmente aceptable por la mayoría. Quieras que no, el Estado terminará pagando tratamientos a personas no aseguradas. Es imposible comprometerse a no hacerlo.

5/10

Teniendo en cuenta lo anterior, las consecuencias de no asegurarse serán algo menos terribles y habrá gente que decida no asegurarse. Es un problema irresoluble de manera óptima: incluso si los individuos fueran perfectamente responsables seguiríamos teniéndolo.

6/10

Por otra parte, los humanos somos malos calculando riesgos. Por mucha responsabilidad y documentación que tengamos, será difícil que todo el mundo sepa cuál es su mejor seguro de salud.

Ambos problemas se resuelven con seguros obligatorios o con sanidad universal.

7/10

(iii) La cuestión dual a la anterior es si un sistema de seguros privado es eficiente. Además de los problemas anteriores, incluso si las personas son responsables y están bien informadas, quedan todavía varias cuestiones:

8/10

Las aseguradoras tienen un incentivo muy grande a intentar conocer el grupo de riesgo del asegurado. Muy a menudo, aun cuando el propio asegurado lo ignora y cuando el factor de riesgo no depende de las decisiones del asegurado.

9/10

Impedir lo anterior es muy difícil y tendrá como consecuencia la falta de seguro frente a muchos problemas de salud.

De nuevo, este problema se resuelve con seguros obligatorios (también para la compañía, que no debe poder rechazar a ningún cliente) o con sanidad universal.

10/10

No se resuelven todos los problemas: ¿Qué hacer con las situaciones de riesgo que son decisión del individuo (fumar, practicar alpinismo,...)? Para algunas de ellas, lo dejamos pasar. Para otras, la contratación de un seguro extra puede ser la solución.

miércoles, 24 de enero de 2018

Utilitaristas versus idealistas

El pasado domingo escribí estos cinco tuits. Creo que son un buen resumen de algo importante. Los recopilo aquí para que no se me pierdan y por si el amable lector no los había leído en twitter.

Además, el martes publiqué esta entrada en Nada es Gratis que se complementa muy bien con los tuits.


1/5 Los primeros utilitaristas (Bentham, Mill) desarrollaron una teoría que les permitió defender la abolición de la esclavitud, los derechos de mujeres y homosexuales, la mejora de las condiciones de los presos y el respeto al medio ambiente. Y sin apelar a ideas preconcebidas.

2/5 El precursor de idealismo (Kant) desarrolló una teoría moral que le permitía defender la inferioridad de la mujer, sirvientes y razas no blancas, condenar la homosexualidad y la masturbación, decir que los niños son propiedad del padre y que los bastardos no tienen derechos.

3/5 La teoría de los utilitaristas pudo desarrollarse, mejorarse, hacerse operativa y dar lugar a toda la filosofía moral que se puede extraer de la literatura de Social Choice, con sus teoremas de imposibilidad, de posibilidad, caracterizaciones de reglas e implementabilidad.

4/5 La teoría kantiana del imperativo moral no está bien definida, y tiene dos fallos insoslayables: (i) la ley universal moral no está definida y puede no existir para cada problema moral, y (ii) obrar según el imperativo categórico puede no ser una situación de equilibrio.

5/5 Sin embargo, la mayoría de filósofos modernos y de planes de estudio de Filosofía, al hablar de la moral desdeñan a los utilitaristas y dedican mucho tiempo a Kant. Afortunadamente, empiezan a asomar la cabeza los que la tienen mejor ordenada.

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Hace cinco años en el blog: Odiosa comparación (4).
Hace tres años en el blog: Reseña sobre el test de españolidad.
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lunes, 28 de agosto de 2017

La racionalidad de jugar a la lotería o por qué algunos matemáticos deberían estudiar economía antes de hablar


Como cada año por estas fechas hay alguien que nos recuerda que jugar a la lotería es una mala decisión. La razón básica es que el sorteo de Navidad de la Lotería Nacional dedica el 70% de la emisión a premios. Esto quiere decir que la esperanza matemática (la media) al jugar es recuperar 70 céntimos por cada euro gastado, a lo que hay que restar los impuestos. ¿Es esto irracional?

1. No hay nada irracional en ser un amante de riesgo. La mayor parte de la gente prefiere 50 euros en mano que jugárselos a doble o nada tirando una moneda al aire, pero no hay nada contradictorio en preferir jugárselo. Más aún, lo mismo que mucha gente preferirá 45 euros en mano antes que tener 0 o 100 a cara y cruz, puede haber alguien que prefiera ese juego antes que 55 en mano.

2. Incluso si uno prefiere 45 en mano que 0 o 100 a cara y cruz, si el juego se estima emocionante, además del premio 100 habrá que sumar la emoción de jugar y eso bien puede dar una situación preferida. Esto es distinto de ser amante del riesgo, puesto que depende de que el juego sea emocionante o no.

3. Ana y Bea prefieren 55 euros antes que pagar esa cantidad por entrar en el juego de ganar 0 o 100 a cara y cruz, pero ambas se sentirán mal por no haber jugado si la otra gana. Solo se tira una moneda y ganan o pierden todas las que hayan jugado. Si Ana participa y Bea no, tendremos que Bea se sentirá mal con probabilidad ½. Así, en caso de no jugar, Bea tiene sus 55 euros y una probabilidad de sentirse mal. Eso puede ser peor que jugar y ganar 50 euros de media. Sucederá si la frustración por no haber jugado y que Ana gane (multiplicada o afectada de otra manera por la probabilidad de que ocurra) es mayor que 5 euros.

Podemos representar esta situación como un juego en que ambas deben decidir si entrar en la lotería a cara y cruz pagando 55 euros o no. Para fijar ideas pongamos que la frustración en caso de que la otra gane y no haber participado es de 20. El primer número de cada casilla antes de la coma es el pago de Ana y el segundo, tras la coma, el de Bea. Ambos están miden utilidad, no dinero.


En este juego hay dos equilibrios: (i) ambas juegan y (ii) ninguna juega. Si Bea juega, lo mejor que puede hacer Ana es jugar también (gana 50 en lugar de 45). Si Bea no juega, lo mejor para Ana es no jugar (gana 55 en lugar de 50). Las jugadoras pueden elegir su acción, pero no el equilibrio. Así que no hay nada irracional estar en un equilibrio u otro.

4. Eneko prefiere también 55 en mano que ciento volando (a cara y cruz), pero si pudiera ganar por lo menos 30.000 euros podría acceder a muchas cosas que ahora no puede. Por ejemplo, podría mantenerse durante un año y pagarse un máster que le garantice un buen trabajo. No hay nadie que le pueda prestar ese dinero ni tiene posibilidad alguna de ahorrarlo en un futuro cercano. Hay, sin embargo, una lotería que vende mil números y que ofrece un premio de 30.000 euros a uno de ellos al azar. No hay nada irracional en que Eneko compre un billete de esa lotería por 40 euros aunque su ganancia esperada sea de 30 euros, puesto que a los 30.000 euros en caso de ganar hay que añadir todo lo que puede ganar con esos 30.000 euros y que no puede ganar en ninguna proporción con una cantidad menor (esto último es la clave para no liarnos con otros ejemplos). En general, si con el premio puedes acceder a un estatus o a un bien o servicio indivisible a los que no puedes acceder en ninguna medida sin por lo menos ese premio, tendremos una justificación racional para jugar a la lotería.

Yo no juego a la lotería excepto por alguna pequeña participación o algún décimo que siempre me acaban colocando en la de Navidad. No lo hago porque no soy amante del riesgo, porque no me emociona demasiado apostar en juegos de azar, porque no me da envidia que alguien gane y yo no lo haga (o no la suficiente para que, ponderada por su probabilidad, me merezca la pena jugar), y porque no se me ocurre nada que me coloque en el caso 4 (no que no se me ocurran cosas que hacer con ese dinero, sino cosas que sean un salto cualitativo tan grande al que no pueda acceder en menor proporción sin tanto dinero y que combinadas con la probabilidad de ganar me merezcan la pena). Pero ese soy yo, y no le voy a decir a nadie lo que tiene que hacer, excepto que esté seguro que lo que sea que le motiva a jugar esté bien ponderado con las probabilidades de ganar y perder.

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Hace cinco años en el blog: La Tierra es plana, pero la homeopatía no es Medicina.
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domingo, 27 de agosto de 2017

La apuesta de Pascal


Esta es la apuesta de Pascal, que nos recuerda Siesp en su blog Misterios al Descubierto:
  1. Si no crees que dios exista y en realidad no existe, no pasa nada.
  2. Si no crees que dios exista y en realidad sí existe, vas al infierno.
  3. Si crees que dios existe y en realidad no existe, no pasa nada.
  4. Si crees que dios existe y en realidad sí existe, vas al cielo.
Es decir, en caso de que dios no exista, da igual lo que creas. En caso de que exista, es mejor creer que existe. Por lo tanto, es mejor creer en dios.

Ante este dilema (creer o no) como argumento para la creencia en dios se han opuesto muchas posturas:
  • No hay razón para pensar que las consecuencias de creer o no creer sean las referidas en las proposiciones anteriores.
  • La creencia por utilitarismo no sería aceptable.
  • El razonamiento se basa en que la cuestión de la existencia de dios es debida al azar.
Estas tres posturas, y algunas otras, van en la dirección de no reconocer las premisas del dilema (he de confesar que no entiendo bien la tercera -debida a Bunge-, aunque eso ahora no importa). Yo creo que la crítica fundamental al dilema va mucho más allá. Incluso si aceptamos las cuatro proposiciones del planteamiento no podemos dar sentido a lo que significa el dilema, puesto que las creencias no se eligen. Lo podemos ver más claro si nos planteamos lo siguiente:
  1. Si no crees que el ratoncito Pérez exista y en realidad no existe, no pasa nada.
  2. Si no crees que el ratoncito Pérez exista y en realidad existe, te quitará dinero.
  3. Si crees que el ratoncito Pérez existe y en realidad no existe, no pasa nada.
  4. Si crees que el ratoncito Pérez existe y en realidad existe, te dará dinero.
No me imagino a los filósofos, que desde Voltaire a Bunge se molestaron en buscar inconsistencias al dilema de Pascal, tomándose el dilema del ratoncito Pérez lo suficientemente en serio como para hablar de si el premio es suficiente tentación como para tener una creencia sólida (Voltaire) o de si el tomar la existencia del ratoncito como algo azaroso tiene sentido científico, o es moral o filosóficamente confuso (Bunge). Más bien creo que la postura mayoritaria sería decir que la creencia en el ratoncito Pérez no se puede basar en la posibilidad de enunciar este tipo de dilemas, sino únicamente en las pruebas que tengamos de su existencia. El argumento con dios en lugar del ratoncito es exactamente igual, a pesar de que emocionalmente nos embargue más o menos uno u otro.

Esa es la postura racional, y se puede argüir que alguien irracional puede elegir creer o no creer en cosas por las razones que le dé la gana, no necesariamente las racionales. Esto es muy cierto. Lo que estaría queriendo en ese caso es lo siguiente: si alguien es irracional a la manera de elegir creencias según dice Pascal que se deben elegir, entonces elegirá creer según el argumento de Pascal. Todo muy redundante y de muy poco interés.

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P.D.: Esto de rechazar la racionalidad para decir que la gente es irracional de la manera que me interesa para que mi teoría sea correcta es algo que vemos a menudo en los que critican el uso de la racionalidad en algunos modelos económicos. Pascal, por lo menos, no rechazaba la racionalidad, simplemente creía erróneamente que el argumento racional era el suyo.

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Hace cinco años en el blog: Ni la reforma del gobierno ni la del PP.
Hace tres años en el blog: Los efectos de la inmigración en el mercado de trabajo (1).
Y también: Los efectos de la inmigración en el mercado de trabajo (2).
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jueves, 24 de agosto de 2017

Una solución a la paradoja del diablo


En esta entrada planteé la paradoja. En esta otra examiné la causa de la paradoja. Una vez entendido por qué el argumento de la paradoja es falaz toca encontrar un argumento que no lo sea y que nos resuelva el problema de decisión planteado.

La cuestión principal, recordemos, era encontrar una manera de valorar los infinitos días en el cielo (por la probabilidad de que esto ocurra), si la lotería del diablo nos envía allá, y compararlos con el daño de esperar unos días en el infierno hasta que la lotería tenga lugar y con los infinitos días en el infierno en caso de que no tengamos suerte.

Hay varias soluciones coherentes posibles. Voy a exponer una, la que creo es más natural. Imaginémonos en el infierno. En lugar de la lotería de esta paradoja, el diablo nos da a elegir entre pasar un día en el cielo hoy o pasarlo dentro de un año. Lo normal es valorar más un mismo grado de satisfacción ahora que en el futuro. Si estas son las preferencias (y si son más complicadas se pueden hacer argumentos parecidos, pero eso ya lo veremos) podemos hablar de una tasa de descuento. Por ejemplo, un día en el cielo dentro de un año equivale (en el momento presente) a 0,9 días en el cielo hoy. De manera más general podemos decir que estar mañana en el cielo equivale a D días en el cielo hoy (donde D será un número positivo menor que uno y que llamaremos tasa de descuento), estar un día en el cielo pasado mañana equivale entonces a DxD días hoy y así sucesivamente. Con estas últimas preferencias, la felicidad de estar en el cielo para siempre a partir de ahora según mi valoración de hoy será:

Si repasamos nuestras matemáticas de bachillerato sabremos que la suma anterior es exactamente igual a
siempre y cuando D sea un número mayor o igual que cero y menor que uno, pero eso es exactamente lo que es, por ser una tasa de descuento. Podemos hacer lo mismo para calcular la infelicidad de estar toda la eternidad en el infierno si C es la de un día.

1. Si decidimos jugar (día uno) hoy esperamos ganar:
Es decir: la probabilidad de ganar multiplicada por el valor actual descontado de estar toda la eternidad en el cielo menos la probabilidad de perder por el valor actual descontado de estar toda la eternidad en el infierno.

2. Si decidimos esperar a mañana (día dos) tendremos:
Es decir: el fastidio de estar hoy en el infierno (C) más la misma ganancia neta calculada antes, pero a partir de mañana (por eso la multiplicamos por la tasa de descuento).

3. Si esperamos un día más (día tres), la utilidad esperada será:

Y así sucesivamente.

Obsérvese que podemos calcular los valores numéricos de las expresiones en cuanto sepamos los valores de F, C y D. Es decir, en cuanto sepamos la valoración de estar un día en el cielo (F), un día en el infierno (C) y la paciencia (D), cosas todas ellas que tienen que ver con las preferencias personales de cada uno. Una vez valoradas las expresiones, basta elegir el día que corresponda a la de valor más alto. Para los más avanzados, se puede escribir la expresión de un día general y usar el cálculo diferencial para encontrar el día óptimo.

Haciendo unos cálculos se encuentra que para los impacientes (con tasa de descuento D=0,9), con F=1 y C=-1, lo mejor es hacer la apuesta el tercer día. Si uno es más paciente (D=0,99), para conjuntos de valores muy amplios de F y C conviene esperar hasta el noveno o décimo día.

La entrada ya se ha alargado bastante. En otra próxima discutiremos algunos aspectos de esta metodología de cálculo y algunas alternativas.

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Hace tres años en el blog: Derechos humanos y derechos contractuales.
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miércoles, 23 de agosto de 2017

La falacia en la paradoja del diablo

Recordemos la paradoja presentada en la entrada anterior, a la que me remito para los detalles:
  1. Estás en el infierno para siempre.
  2. El diablo te da la opción de elegir un día (y solo uno) para entrar en una lotería cuya ganancia es ir al cielo para siempre.
  3. Las condiciones: si eliges hoy, la probabilidad de ir al cielo es 1/2; si eliges mañana es 2/3; si pasado mañana, 3/4; al día siguiente, 4/5, y así sucesivamente.
  4. La paradoja: siempre merece la pena esperar un día más, pues se cambia un día en el infierno por aumentar la probabilidad de estar toda la eternidad en el cielo.
Y ahora, con ustedes, la resolución de la paradoja.

La cuestión principal es que la paradoja asume una suma infinita de felicidad. Cada día en el cielo nos da una felicidad, y una suma infinita de días nos da una suma infinita de felicidad. Multiplicada por un incremento de probabilidad por pequeño que sea nos da un incremento de felicidad infinito si esperamos un día más, puesto que el coste es una infelicidad finita de estar un día más en el infierno.

El problema es que no existe tal cosa como una suma infinita. Si el nivel de felicidad por pasar un día en el cielo es, digamos, F (en la escala apropiada), estar toda la eternidad en el cielo no implica tener una felicidad de

F+ F + F + F +…,

entre otras cosas porque tal operación no existe. La suma se define como una operación binaria (entre dos elementos) que, por satisfacer ciertas propiedades (conmutativa, asociativa), se puede extender a la suma de finitos elementos, pero no a la suma de infinitos. Cuando se cumplen ciertas condiciones sí se puede hablar de sumas infinitas, pero para ello la serie sumas parciales tiene que converger. Así, se puede hablar de la suma de

1/2+1/4+1/8+1/16+1/32+…,

cuyo resultado es 1. Y se puede hacer porque dando como resultado el límite de las sumas parciales se mantienen las misma propiedades de las sumas finitas (operación cerrada, elemento neutro, elemento simétrico, conmutativa, asociativa,…). Para series no convergentes tal cosa no es posible.

Es decir, que el enunciado de la paradoja nos está metiendo un gol al hacer parte de su argumentario una suma infinita carente de significado. No es que diga algo falso cuando dice eso, sino que dice un sinsentido. Lo falso es concluir algo de un sinsentido y esa es la falacia. Cosas parecidas nos encontramos en la paradoja de la lámpara de Thompson.

La cuestión siguiente será: ¿qué es lo que hay que hacer, entonces? Esperen ustedes unos días más en el infierno de la ignorancia y en la próxima entrada contestaré a la pregunta y les llevaré a la felicidad de la sabiduría por siempre jamás.

En una próxima entrada diré cómo afrontar esta oferta del diablo.

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Hace tres años en el blog: France Télécome, ¿tenemos un problema?
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lunes, 21 de agosto de 2017

El dilema del tranvía



Hace unas semanas hablamos de los problemas de tranvías en el Otto Neurath y poco después acudí a un seminario del psicólogo Robert Kurzban, que los utiliza como ejemplo de su tesis sobre la mente modular. Me persiguen desde que me dedico a la teoría de los juegos, así que aquí va una entrada para ellos.

Un tranvía está en loca carrera sin frenos a punto de arrollar y matar con toda seguridad a un grupo de 10 personas. La única posibilidad de salvarlos es desviar el tranvía a otra vía en la que solo hay una persona, que también morirá irremediablemente si se hace ese desvío. ¿Qué harías si tuvieras la posibilidad de apretar el botón que active el desvío?

Este tipo de problemas nos muestran que nuestras posiciones morales pudieran no tener una buena justificación.

Esto último es así porque está documentado en experimento tras experimento (mentales, claro, nunca se mata a nadie) que las respuestas a la pregunta crucial depende de variables aparentemente irrelevantes.

Por ejemplo, la respuesta varía si la persona a la que sacrificar es un trabajador de la compañía que hace su trabajo reparando la vía o es una persona que camina irresponsablemente por ella, o si en lugar de desviar el tranvía lo que se puede hacer es arrojar a una persona desde un puente para que caiga delante del tranvía y lo haga descarrilar, o si no se sabe en qué posición está el interruptor que hace desviarse al tranvía, pero se puede dar la orden de que se quede en la que queremos, y así infinitas variaciones del tema.

¿Por qué habría de cambiar la respuesta? ¿Qué tal si esas 10 personas son ciudadanos en un hospital que morirán si no reciben un transplante y la persona que puede salvarlos y morir al donar sus órganos es un ciudadano cualquiera? En todos los casos se trata de 10 vidas frente a una.

Esta es mi postura ante el problema del tranvía. Por una parte debo decir que si el dilema es exactamente como se describe en cada problema, entonces la decisión debe ser la misma en todos ellos. El problema, a mi entender, radica en que no hay manera de pensar ninguno de los problemas en su descripción exacta. Me pasa lo mismo que cuando intento explicar el equilibrio en un juego. Logro ser más convincente cuando exagero hasta el ridículo el contexto del juego: dos personas nacen, juegan el juego, son lo felices que les toque ser según el resultado y se mueren. Ese es todo su universo. En esas circunstancias es más aceptable el equilibrio. Claro que esas son exactamente las circunstancias del modelo, pero es claro también que no existen de esa manera en el mundo real.

Pienso que nos ocurre los mismo con los problemas de tranvías. Tomados al pie de la letra requieren una solución única, tomados en contexto –y cada uno es libre o esclavo de sus instintos de montarse un contexto- pueden estar pidiendo a gritos soluciones distintas.

Una sociedad que sacrifique al azar un ciudadano para donar sus órganos es poco apetecible y poco viable. Sospechosamente, los órganos de los familiares de los ministros o de los médicos se verán poco en el quirófano, los ciudadanos dedicarán grandes recursos a esconderse de las patrullas que buscan donante, .... Este tipo de arbitrariedades, con sus costes añadidos puede estar detrás de una regla impresa en nuestro cerebro que diga que es una mala manera de decidir. Otras reglas, tal vez justificadas, tal vez confundidas, pueden estar detrás de reacciones distintas en las otras versiones del problema.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Paternalismo y adoctrinamiento


Podemos definir el paternalismo como la toma de decisiones del padre o la madre por el menor de edad. En términos más amplios puede extenderse a las decisiones del Estado por el individuo, pero no hablaré de estas ahora. No compete al padre cualquier decisión. Hay problemas de variada índole en las que se deja al menor la potestad o en las que, por lo menos, se pide su opinión. Así, el consentimiento para tener relaciones sexuales, para casarse, para ser sometido a una operación de riesgo, para abortar, para ser custodiado por el padre o la madre, etc. puede otorgarse a edades más tempranas.

El criterio para dilucidar qué decisiones se deja al menor y a qué edad debe ser siempre el interés del menor, pero ¿cómo decidir esto? Si le preguntamos al menor si quiere decidir sobre tal o cual tema, normalmente dirá que sí a casi todos. La clave puede estar en quién tendrá unas preferencias más parecidas al menor de edad, si él mismo cuando llegue a la mayoría de edad o el progenitor en este momento.

Seguramente la persona a los dieciocho años querrá haber tenido una educación adecuada y haber recibido las vacunas y otros cuidados médicos a los que, de haberle preguntado en su momento, se habría negado. En estos casos es mejor dejar las decisiones a los padres, incluso desde la perspectiva de la persona de dieciocho años, que se alegrará de que no le hayan permitido decidir de pequeño.

En casos como los arriba expuestos, es más normal que el individuo de dieciocho años tenga preferencias más parecidas al de, por ejemplo, dieciséis. Eso justificaría permitir la decisión al menor de esa edad, que será lo que habrá querido cuando tenga los dieciocho.

La experiencia en trabajos con adolescentes en esas edades, las encuestas que puedan realizarse, la opinión de los expertos,... pueden ayudad a decidir si, efectivamente un tipo de problema se resuelve mejor permitiendo tomar la decisión al menor o a los padres.

Hay, sin embargo, una circunstancia en la que es imposible dilucidar de esta manera las cosas. Se trata del adoctrinamiento. Si las decisiones de los padres incluyen la posibilidad de adoctrinar o no al menor podemos fácilmente tener la situación siguiente:

-Por una parte, las preferencias del menor sin adoctrinar son más cercanas a las de esa misma persona al llegar a la mayoría de edad que a las de los padres que desean el adoctrinamiento.

-Por otra parte, las preferencias de la persona de dieciocho años adoctrinada son más cercanas a las de los padres adoctrinadores que a las del menor sin adoctrinar.

En la situación así descrita no es posible definir qué es lo mejor desde el punto de vista de la persona de dieciocho años. La adoctrinada prefiere haber sido adoctrinada y la no adoctrinada prefiere no haberlo sido.

¿Es posible resolver esta cuestión? Aquí una posible respuesta.

domingo, 10 de enero de 2016

Las consecuencias económicas del exceso de confianza (2)

Esta es la segunda parte de la versión en español de mi artículo de diciembre en Mapping Ignorance. Debe leerse la primera parte para entender esta.


2. Cuáles son las consecuencias del exceso de confianza en el bienestar.

Los consumidores que derivan una alta utilidad del contrato se beneficiarán de la competencia, ya que precios más bajos siempre implicarán que la misma utilidad se puede alcanzar con ese nuevo precio. Sin embargo, cuando hay exceso de confianza los consumidores para los que los beneficios esperados no son muy altos, un precio mayor puede implicar que no firmarán el contrato, algo que puede ser mejor que firmarlo y acabar pagando más de lo esperado por culpa del exceso de confianza. Así, las políticas dirigidas a proteger a los consumidores de su exceso de confianza pueden tener poco efecto si la competencia hace que acaben firmando contratos ineficientes para ellos. Se puede mostrar, sin embargo, que el daño para el consumidor es limitado cuando la tasa de repercusión es alta (la fracción del incremento del coste que se pasa al consumidor en forma de incremento de precio) y cuando la elasticidad de la demanda respecto del precio es baja (los compradores no reaccionan mucho a los cambios en precios).

Si hay consumidores racionales, los que muestran exceso de confianza pueden estar subsidiándolos. Un ejemplo puede explicarlo: un consumidor con exceso de confianza puede estar pagando 100€ en forma de penalizaciones por un descubierto en su cuenta corriente. Si todos los clientes fueran así, la competencia bancaria cobraría una cuota por cuenta corriente 100€ por debajo de su coste y recobraría el dinero con las penalizaciones por descubierto. Si solo el 50% de los clientes son así y el resto son racionales los bancos reducirán la cuota de las cuentas corrientes en 50€ a todos los clientes. De esta manera los clientes racionales están siendo subvencionados. Stango y Zinman (2009, 2014) [3] , [4] estiman que en los EEUU se pagan 32,000 millones de dólares en penalizaciones y que corresponden a menos de la mitad de los titulares de cuentas corrientes. Además, dado que quienes más pagan esas penalizaciones son personas de bajos ingresos, esta política de precios es regresiva.


3. Cuáles son las implicaciones para políticas públicas.

Como hemos visto, la transparencia de los términos del contrato no es suficiente. En los servicios de telefonía móvil, por ejemplo, se añaden tres medidas de transparencia: (i) el vendedor puede informar de la factura media de los clientes que tienen un determinado plan, (ii) si ya hay una relación previa, el vendedor puede dar al comprador una estimación basada en el uso anterior, y (iii) el vendedor puede permitir al comprador compartir su historial de uso y de pagos con una tercera parte con el fin de encontrar el mejor plan del mercado.

Una segunda política es permitir el uso de la información para ayudar a hacer mejor uso del plan. Por ejemplo, en EEUU y UE los clientes deben ser advertidos de las tarifas del servicio de roaming cuando cruzan las fronteras, y los clientes de EEUU son alertados también cuando se acercan al límite de las unidades gratis o baratas o cuando lo exceden. Estas políticas de transparencia pueden resolver los problemas de atención. Su extensión a los servicios bancarios podrían proporcionar beneficios sustanciales.

Finalmente, se puede intentar algún tipo de regulación de precios, pero esta política requiere mucha información para ser práctica. Sin embargo, es posible evitar algunas prácticas, como el exceso de penalizaciones por descubiertos pequeños en las cuentas corrientes. Otras regulaciones, como prohibir las tarifas en tres partes, pueden tener algunos efectos indeseados.

El anticipar la reacción de las empresas es una parte importante de cualquier política. Las compañías telefónicas de los EEUU fueron obligadas a alertar a los clientes cuando se aproximaban al límite de los minutos gratuitos, pero al final la reacción de las empresas fue una subida de las cuotas mensuales que eliminaron la ventaja de esta medida para los consumidores. En cambio, cuando se adoptó una política similar sobre el uso de las tarjetas de crédito, la rebaja para los consumidores fueron 11.000 millones de dólares al año. La razón de esta diferencia entre sectores tiene que ver con la demanda inelástica de los servicios telefónicos y con su alta tasa de repercusión de costes (cercana al 100%). En el caso de las tarjetas de crédito ocurre lo contrario.

Referencias:

3. Stango, V., y Zinman, J. 2009. What do consumers really pay on their checking and credit card accounts? Explicit, implicit, and avoidable costs. American Economic Review 99(2), 424–29.

4. Stango, V., y Zinman, J. 2014. Limited and varying consumer attention: evidence from shocks to the salience of bank overdraft fees. Review of Financial Studies 27(4), 990–1030.

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martes, 10 de noviembre de 2015

¿Qué catástrofes deben evitarse? (2)

Esta es la segunda parte de la versión en español de mi artículo de octubre en Mapping Ignorance. Debe leerse la primera parte para entender esta.



Tras el resultado anterior los autores muestran cómo se aplica en varios casos. Por ejemplo, la fórmula se simplifica mucho cuando hay muchas, pero pequeñas, catástrofes. Si tienen más o menos los mismos costes y beneficios, el número de catástrofes que evitar está dado por la fórmula

m*= 1/(log(1+K) – 1/B.

Los ejemplos más interesantes son aquellos en los que la solución óptima es contra intuitiva. Por ejemplo, considérese el caso en que hay tres catástrofes, una con una ratio coste-beneficio muy favorable, y otras dos con unas ratios menos favorables. Sería tentado decir que debería eliminarse primero la primera y después calcular si merece la pena seguir con las otras dos. Sin embargo, puede ocurrir que sea mejor evitar las dos segundas y no la primera.

La metodología se puede extender para situaciones en las que las catástrofes solo se pueden evitar en parte, en las que las actuaciones para prevenir una pueden ayudar a prevenir una segunda, y para proyectos que aumentan la probabilidad de una bonanza (en lugar de disminuir la probabilidad de una catástrofe).

Para terminar, los autores nos muestran cómo la metodología puede aplicarse a catástrofes a las que potencialmente se enfrenta la humanidad. Para ello, seleccionan estas siete: Mega-virus, Cambio climático, Terrorismo nuclear, Bioterrorismo, Inundaciones, Tormentas y Temblores. Para cada una de ellas y cuando es posible, recogen datos de los estudios disponibles e introducen los parámetros apropiados en el modelo. Por ejemplo, en el caso del Mega-virus toman el caso de la gripe española de 1918-19, que afectó al 20% de la población mundial y mató a entre el 3% y el 5%. Con esta referencia apuntan como razonable suponer una tasa de mortalidad media de una próxima pandemia en torno al 3,5%, que estiman equivalente a una pérdida de bienestar en torno a un descenso del 17,5% en consumo. Este número viene de usar datos de toma de decisiones en situaciones de riesgo de muerte con los que estimar el valor de una vida estadística (véase, por ejemplo, Martin y Pindyk, 2014 [2]; Viscusi, 1993 [3] y Cropper y Sussman, 1990 [4]). Los costes de evitar esta catástrofe (contención, producción de vacunas, etc.) se proponen en torno al 2% del PIB mundial.

Los autores proceden de esta manera con el resto de las catástrofes y encuentran el subconjunto óptimo de catástrofes en las que concentrar los esfuerzos. Para ello usan su metodología para diferentes valores de los parámetros de la función de utilidad que indican aversión al riesgo y preferencias temporales (paciencia). Los resultados se pueden ver en la Figura 1. Cada área muestra los subconjuntos de catástrofes que deben evitarse para las diferentes combinaciones de aversión al riesgo y paciencia.
Figura 1
Notas: El conjunto de catástrofes que impedir depende de una manera compleja en el parámetro de aversión al riesgo y de la tasa de preferencias temporales (valores más altos reflejan mayor aversión al riesgo y más paciencia). V: virus; C: clima; N: terrorismo nuclear; B: bioterrorismo; F: inundaciones; S: tormentas; Q: temblores.

Referencias

1. Martin, I.W.R., y Pindick, R. 2015. Averting Catastrophes: The Strange Economics of Scylla and Charybdis. American Economic Review 105(10), 2947–2985.

2. Martin, I.W.R., y Pindick, R. 2014. Death and Destruction in the Economics of Catastrophes. Unpublished.

3. Viscusi, W. Kip. 1993. The Value of Risks to Life and Health. Journal of Economic Literature 31(4), 1912–46.

4. Cropper, M.L., y Sussman, F.G. 1990. Valuing Future Risks to Life. Journal of Environmental Economics and Management 19(2), 160–74.

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sábado, 7 de noviembre de 2015

¿Qué catástrofes deben evitarse? (1)

Esta es la primera parte de la versión en español de mi artículo de octubre en Mapping Ignorance.

“Diosa, vamos, dime con verdad si podré escapar de la funesta Caribdis y rechazar también a Escila cuando trate de dañar a mis compañeros.”
-Homero, Odisea

Los estudios convencionales de coste-beneficio se basan en el análisis marginal. La decisión de abordar un proyecto debe hacerse si, respecto a la situación actual, aporta más beneficios que costes. Al hacer esto implícitamente se asume que el proyecto es pequeño con respecto al tamaño de la economía relevante, así como que no hay interacciones con otros proyectos. Cuando estas condiciones no se cumplen necesitamos enfoques distintos. Veamos unos ejemplos.

1. El beneficio de un proyecto es 100 y el coste es 50, pero la economía solo tiene 30. El análisis coste-beneficio dice que debe llevarse a cabo, pero eso será imposible si no hay nadie de quien tomar prestados al menos los 20 de más necesarios.

2. El accidente A reducirá mis ingresos futuros a la mitad (digamos que de 120 a 60). El accidente B lo reducirá en una tercera parte (de 120 a 80). Tomados por separado, debería evitar A si el costo fuera menor que 60 y B si fuera menor que 40. Sin embargo, si ambos accidentes pueden ocurrir, y si B viene primero, los beneficios de prevenir A cambian: B ya ha reducido mis ingresos a 80, por lo que A solo los reduciría en otros 40. Si el coste de impedir A fuera 50 sería óptimo evitarlo si el riesgo de B no existe, pero no lo sería si B ocurriera primero.

El último ejemplo considera que los accidentes son ciertos y que los beneficios y costes de impedirlos se componen de manera lineal, pero los problemas persisten si tal linealidad no ocurre o si la ocurrencia, prevención o momento de los accidentes viene dada en términos probabilísticos.

3. Los accidentes A y B ocurrirán con total certidumbre el próximo año. Cada uno de ellos por separado reducirá mis ingresos en un 50%. Los dos juntos lo reducirán en un 75%. Si mis actitudes frente al riesgo son de una determinad forma (técnicamente, si tengo una aversión relativa al riesgo constante), puede ocurrir que lo más que esté dispuesto a pagar para evitar solo un accidente sea el 40% de mis ingresos, mientras que por ambos estaría dispuesto a pagar hasta el 60%. Si resulta que prevenir el primero me cuesta el 35% de mis ingresos, parece que debería prevenir ambos (puesto que 35 es menos que 40), pero debe notarse que tras prevenir uno de ellos estaré menos dispuesto a pagar por evitar el segundo (tengo unos ingresos menores tras haber pagado por evitar el primero). Con las preferencias mencionadas antes la disposición a pagar se habría reducido al 33% (menor que el 40%), por lo que solo sería óptimo evitar un único accidente.

Estos ejemplos muestran las dificultades del análisis. Dificultades que crecen con el número de accidentes posibles. Martin y Pindyck (2015) [1] proponen un método general para enfrentarse al problema. Primero, especifican la naturaleza de los accidentes para concentrarse en catástrofes a las que se enfrenta la sociedad en su conjunto. Luego modelan los costes y beneficios. Para una catástrofe dada, los beneficios serán equiparados a la disposición a pagar por evitarlos, de acuerdo con el proceder estándar en Economía. Esta se define cómo la fracción máxima de consumo que la sociedad estaría dispuesta a sacrificar para conseguir evitar el accidente. Los costes correspondientes serán la fracción de consumo que habría que sacrificar, vía un impuesto permanente sobre el consumo (t) para generar los ingresos necesarios para evitar la catástrofe. Por ejemplo, la Catástrofe 1 podría ser evitada al coste de pagar (1-t1) para siempre (el consumo se asume igual a uno en ausencia de catástrofes). Para evitar las catástrofes 1 y 2 el coste sería (1-t1)x(1-t2) para siempre y así sucesivamente.

Con este tipo de modelización, los autores llegan a su resultado principal:

Si el conjunto de catástrofes es {1,2,…,N}, entonces es óptimo elegir el subconjunto S que maximice el valor V (llamémoslo utilidad) dado por
donde Bi y Ki son los beneficios y costes de evitar la catástrofe i, respectivamente. Nótese cómo, en la fórmula, los beneficios se suman y los costes se multiplican.

Referencias

1. Martin, I.W.R., y Pindick, R. 2015. Averting Catastrophes: The Strange Economics of Scylla and Charybdis. American Economic Review 105(10), 2947–2985.

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lunes, 30 de diciembre de 2013

Economía del comportamiento y la evaluación de las políticas de eficiencia energética (2)


Figura 1: Ránking de bienestar de la política combinada vs. impuesto pigouviano.
d es el factor de descuento, landa = 0  significa que no hay costes de autocontrol (no tentación). 

Esta es la segunda parte de la traducción de mi artículo de noviembre (publicado a principios de diciembre, cosas de los tiempos de edición) de Mapping Ignorance. Debe leerse la primera para entender el texto.

El primer problema se puede ilustrar con un ejemplo sencillo: ante una elección entre 10 euros hoy y 11 euros mañana, una persona puede preferir el dinero hoy. Si esa misma persona prefiere 11 euros dentro de 366 días en lugar de 10 dentro de 365 estará mostrando una inconsistencia temporal, puesto que cuando pasen 365 días cambiará el orden de sus preferencias y elegirá el dinero ese día en lugar de esperar uno más.

El otro problema es todavía más importante. Cuando las preferencias cambian como en el ejemplo anterior tenemos que enfrentarnos al problema de qué preferencias usar a la hora de estimar las implicaciones de bienestar de una política concreta. ¿Cuál sería la decisión correcta si una medida económica hace que un individuo mejore según unas preferencias, pero empeore según otras? En nuestro contexto, un individuo con dos sistemas de preferencias inconsistentes puede verse como dos “yoes” de la misma persona, donde el primer yo siempre cae en la tentación, un acto del que luego se arrepiente el segundo. ¿A cuál de los dos se debe dar prioridad en el análisis? En algunos casos, como en la evaluación de los estándares basados en políticas de ahorro energético, uno está tentado a asumir de manera natural que son las preferencias del segundo yo las que deben considerarse, mientras que en la evaluación de las políticas sobre el mercado de las drogas son las preferencias del yo no adicto las que deben ser respetadas. De hecho, algunos estudios como Heutel (2011) [5] siguen este enfoque al estudiar los estándares de eficiencia energética, un instrumento que puede usarse para llegar a una solución tipo “second best” (la óptima o “first best” requeriría no imponer el mismo estándar a todos los individuos).

Gul y Pesendofer (2001) [6] presentan un modelo más general que permite a los individuos resistir la tentación (aunque a un coste). En su modelo la presencia de una alternativa y en el conjunto de decisión puede reducir la utilidad de otra alternativa x. Así, en su modelo, la utilidad que da x puede ser mayor que la utilidad que da y si y no está presente en el conjunto de decisión, pero al mismo tiempo ser menor si y sí está presente. Los autores muestran que estas preferencias son temporalmente consistentes y que pueden ser modelizadas con una función de utilidad separable.

Tsvetanov y Segerson (2013) [7] aplican este último modelo a la evaluación de políticas para la mejora de la eficiencia energética, como el uso de estándares, impuestos pigouvianos e impuestos y subsidios a productos. Los autores muestran que, cuando el gobierno conoce las proporciones de los tipos (usuarios ocasionales e intensivos de bienes duraderos que usan energía), una combinación adecuada de impuestos pigouvianos y establecimiento de estándares es mejor que el uso único de impuestos pigovianos. Estos dos instrumentos serían complementarios y no sustitutivos.

En contraste con las preferencias hiperbólicas, con las preferencias tratadas en Gul y Pesendofer (2001) los individuos no tienen diferentes “yoes” en diferentes momentos. Lo que ocurre es que, en cada momento, los individuos eligen entre alternativas reconociendo que incurrirán en una desutilidad (i.e., el coste de ejercer auto control) si resisten la tentación. Esto lleva a un conjunto de preferencias temporalmente consistentes en presencia de tentaciones que permite al individuo tanto resistir como sucumbir ante ella como posibles resultados. En la ausencia de tentación, la medida de poner solo estándares o en combinación con impuestos pigouvianos reduce el bienestar frente al impuesto. En cambio, para tentaciones fuertes, los estándares dominan al impuesto. Para valores intermedios la política que combina ambas medidas domina a las dos (Figura 1).

Este trabajo es interesante no solo porque aclara el papel que las distintas políticas pueden desempeñar para resolver los problemas de las externalidades negativas, sino también porque muestra las posibilidades y limitaciones de los nuevos modelos de Economía del Comportamiento dentro de la Economía. Los estándares pueden verse como instrumentos paternalistas justificados porque los consumidores no son completamente racionales, cuyo uso se basa en la Economía del Comportamiento. Sin embargo, el trabajo aquí presentado es teórico y todavía necesita validación empírica, no solo para mostrar los beneficios de la política mixta, sino también para mostrar que, en verdad, el modelo de Gul y Pesendorfer es más adecuado que el modelo de descuento hiperbólico a la hora de reflejar el comportamiento de los consumidores.

Referencias


6. Gul, Faruk, and Pesendorfer, Wolfgang 2001. Temptation and self-control. Econometrica 69, 1403–1435.

7. Tsvetanov, Tsvetan, and Segerson, Kathleen 2013. Re-evaluating the role of energyefficiency standards: a behavioral economics approach. Journal of Environmental Economics and Management 66, 347–363.

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