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jueves, 1 de septiembre de 2022

Diseño de un sistema de salud y el riesgo moral

En un debate (USA) se presenta un caso: un trabajador joven y sano no se asegura. Luego padece una enfermedad grave de tratamiento caro. ¿Qué hacer?

Para un participante, el Estado no está obligado a nada: en eso consiste la libertad.

Opino en 10 tuits:

1/10

La lógica es esta: si el Estado no cubre los tratamientos, los individuos se asegurarán. La solución no es medicina pública, sino individuos responsables. De esta manera se fomenta la responsabilidad y la gente se asegurará. Tendremos una sociedad responsable.

¿Impecable?

2/10

Examinemos algunos peros a esa argumentación:

(i) Hay gente que no tiene recursos para pagarse un seguro. En realidad, el caso no iba por ahí, sino por quien, pudiendo pagárselo, decide no hacerlo. Dejemos, pues, esta parte de la cuestión para otro momento.

3/10

(ii) La cuestión es si el Estado puede dejar morir a alguien en esa situación. El participante, con el entusiasmo de parte de la audiencia que grita «sí, que se le deje morir», parece no tener problema contestar afirmativamente.

4/10

El problema con esta respuesta es doble:

Por una parte, en la mayoría de las sociedades esta solución no es moralmente aceptable por la mayoría. Quieras que no, el Estado terminará pagando tratamientos a personas no aseguradas. Es imposible comprometerse a no hacerlo.

5/10

Teniendo en cuenta lo anterior, las consecuencias de no asegurarse serán algo menos terribles y habrá gente que decida no asegurarse. Es un problema irresoluble de manera óptima: incluso si los individuos fueran perfectamente responsables seguiríamos teniéndolo.

6/10

Por otra parte, los humanos somos malos calculando riesgos. Por mucha responsabilidad y documentación que tengamos, será difícil que todo el mundo sepa cuál es su mejor seguro de salud.

Ambos problemas se resuelven con seguros obligatorios o con sanidad universal.

7/10

(iii) La cuestión dual a la anterior es si un sistema de seguros privado es eficiente. Además de los problemas anteriores, incluso si las personas son responsables y están bien informadas, quedan todavía varias cuestiones:

8/10

Las aseguradoras tienen un incentivo muy grande a intentar conocer el grupo de riesgo del asegurado. Muy a menudo, aun cuando el propio asegurado lo ignora y cuando el factor de riesgo no depende de las decisiones del asegurado.

9/10

Impedir lo anterior es muy difícil y tendrá como consecuencia la falta de seguro frente a muchos problemas de salud.

De nuevo, este problema se resuelve con seguros obligatorios (también para la compañía, que no debe poder rechazar a ningún cliente) o con sanidad universal.

10/10

No se resuelven todos los problemas: ¿Qué hacer con las situaciones de riesgo que son decisión del individuo (fumar, practicar alpinismo,...)? Para algunas de ellas, lo dejamos pasar. Para otras, la contratación de un seguro extra puede ser la solución.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Paternalismo y adoctrinamiento


Podemos definir el paternalismo como la toma de decisiones del padre o la madre por el menor de edad. En términos más amplios puede extenderse a las decisiones del Estado por el individuo, pero no hablaré de estas ahora. No compete al padre cualquier decisión. Hay problemas de variada índole en las que se deja al menor la potestad o en las que, por lo menos, se pide su opinión. Así, el consentimiento para tener relaciones sexuales, para casarse, para ser sometido a una operación de riesgo, para abortar, para ser custodiado por el padre o la madre, etc. puede otorgarse a edades más tempranas.

El criterio para dilucidar qué decisiones se deja al menor y a qué edad debe ser siempre el interés del menor, pero ¿cómo decidir esto? Si le preguntamos al menor si quiere decidir sobre tal o cual tema, normalmente dirá que sí a casi todos. La clave puede estar en quién tendrá unas preferencias más parecidas al menor de edad, si él mismo cuando llegue a la mayoría de edad o el progenitor en este momento.

Seguramente la persona a los dieciocho años querrá haber tenido una educación adecuada y haber recibido las vacunas y otros cuidados médicos a los que, de haberle preguntado en su momento, se habría negado. En estos casos es mejor dejar las decisiones a los padres, incluso desde la perspectiva de la persona de dieciocho años, que se alegrará de que no le hayan permitido decidir de pequeño.

En casos como los arriba expuestos, es más normal que el individuo de dieciocho años tenga preferencias más parecidas al de, por ejemplo, dieciséis. Eso justificaría permitir la decisión al menor de esa edad, que será lo que habrá querido cuando tenga los dieciocho.

La experiencia en trabajos con adolescentes en esas edades, las encuestas que puedan realizarse, la opinión de los expertos,... pueden ayudad a decidir si, efectivamente un tipo de problema se resuelve mejor permitiendo tomar la decisión al menor o a los padres.

Hay, sin embargo, una circunstancia en la que es imposible dilucidar de esta manera las cosas. Se trata del adoctrinamiento. Si las decisiones de los padres incluyen la posibilidad de adoctrinar o no al menor podemos fácilmente tener la situación siguiente:

-Por una parte, las preferencias del menor sin adoctrinar son más cercanas a las de esa misma persona al llegar a la mayoría de edad que a las de los padres que desean el adoctrinamiento.

-Por otra parte, las preferencias de la persona de dieciocho años adoctrinada son más cercanas a las de los padres adoctrinadores que a las del menor sin adoctrinar.

En la situación así descrita no es posible definir qué es lo mejor desde el punto de vista de la persona de dieciocho años. La adoctrinada prefiere haber sido adoctrinada y la no adoctrinada prefiere no haberlo sido.

¿Es posible resolver esta cuestión? Aquí una posible respuesta.

martes, 20 de junio de 2017

La disuasión del crimen (2)

Esta es la segunda parte de la versión en español de mi artículo de mayo en Mapping Ignorance. Debe leerse la primera parte para entender esta.


Otro aspecto importante que tener en cuenta es la diferencia entre los riesgos reales y los percibidos. Los individuos reaccionan frente a los riesgos percibidos, de manera que es importante entender cómo se forma esta percepción. En general hay poca evidencia de correlaciones entre los riesgos percibidos y los reales, y solo hay alguna percepción acertada en los casos de jóvenes criminalmente activos. La literatura también ha tendido a encontrar evidencia robusta sobre el hecho de que las percepciones de riesgo son sensibles a la experiencia personal (personas que han sido arrestadas o que tienen conocidos que lo han sido). El público en general, así como los delincuentes ocasionales, tienden a sobreestimar el riesgo de ser detenidos y ajustan sus percepciones a la baja según delinquen más y reconocen que ese riesgo es menor que el que primeramente estimaban.
Todas estas apreciaciones y muchas más son importantes a la hora de analizar e interpretar los datos empíricos. Se pueden establecer tres conclusiones tras la revisión de la literatura. En palabras de los autores:
“Primero, hay una fuerte evidencia de que el crimen responde a incrementos en los efectivos policiales y a las maneras en que se reasignan estos efectivos. Con respecto al número de efectivos, la mejor hipótesis, a nuestro juicio, es que la elasticidad del crimen violento y contra la propiedad respecto a la cantidad de policías es aproximadamente -0,4 y -0,2 respectivamente (porcentaje que en que disminuye ese tipo de delitos ante un incremento del 1% en la dotación de la policía). El grado en que estos efectos se deben a la disuasión y no al hacer imposible el delito es una cuestión abierta, aunque el análisis de las tasas de detenciones sugiere el papel de la disuasión (Levitt 1998, [4] y Owens 2013 [5]). Con respecto a la reasignación de los efectivos, la investigación experimental sobre el despliegue en lugares de concentración de delitos y los esfuerzos centrados en la disuasión han llevado en algunos casos a un descenso remarcable en los delitos, un hecho que puede ser atribuido a la visibilidad de esas acciones. 
Segundo, aun cuando la evidencia a favor de un vínculo entre el crimen y el castigo generalmente muestra un efecto de disuasión relativamente pequeño, parece que hay más evidencia de un efecto de disuasión más importante inducido por políticas que se centran en un aumento de penas a delincuentes específicos. Esto se ve en el efecto de la ley three-strikes (tres faltas) de California sobre el comportamiento de los delincuentes con dos faltas (véase Hellandand y Tabarrok 2007 [6]) y en el comportamiento de los delincuentes a los que se les aplicó el perdón en Italia (Drago et al. 2009 [7]). Por otra parte, mientras que la elasticidad del crimen con respecto a la duración de la sentencia parece ser grande en el caso italiano, es pequeña en el caso de California. 
Finalmente, hay una clara y fuerte evidencia, en general, de una relación entre las condiciones laborales locales, medidas según la tasa de desempleo o el salario, y el crimen. A pesar de que es difícil que estos efectos se vean enmascarados por los efectos de incapacitación, pueden estar mostrando respuestas debidas a otros efectos distintos de la disuasión. Más aún, no parece claro que acceder al empleo sea una disuasión entre los individuos con una vida criminal más productiva.”
El trabajo termina con algunas reflexiones sobre cómo desarrollar modelos teóricos que tengan en cuenta la literatura empírica. El aspecto más importante es acerca de la hipótesis que explica mejor por qué el crimen responde más a la probabilidad p que al coste f. Una primera explicación está en la línea de lo apuntado anteriormente, con castigos que llevan su tiempo para ser efectivos (desde el momento del delito hasta el del castigo). Además de la inclusión de la impaciencia, hay modelos alternativos de preferencias temporales que llevan a una mayor respuesta frente a p, como las preferencias con descuento hiperbólico, como muestra la literatura de la economía del comportamiento. Además del castigo legal, los delincuentes que son detenidos, sufren del estigma social. A medida que los individuos acumulan un historial criminal más largo, el estigma de ser etiquetado como “criminal” puede perder su efectividad y no representar una componente del coste de cometer un crimen. Así, en la medida que una proporción alta del crimen sea cometida por delincuentes reincidentes, el crimen sería más sensible a la probabilidad de detención que a la severidad de la sanción, puesto que los reincidentes ya han pagado el coste informal asociado con ser considerado un criminal. Una extensión final que merece ser discutida puede encontrarse en Durlauf y Nagin (2011) [8], y se sigue de la tendencia que tienen los individuos a sobreestimar la probabilidad de sucesos raros. En un mundo en el que la probabilidad percibida de ser detenido es muy baja, incluso cambios pequeños en esa percepción puede tener grandes efectos, con la capacidad potencial de racionalizar grandes cambios en el comportamiento ante el aumento de presencia policial en determinados lugares y a la publicidad encaminada a la disuasión.

Referencias:

4. Levitt, S.D. 1998. Juvenile Crime and Punishment. Journal of Political Economy 106 (6), 1156–85.

5. Owens, E.G. 2013. COPS and Cuffs. En Lessons from the Economics of Crime: What Reduces Offending?, edited by Philip J. Cook, Stephen Machin, Olivier Marie, y Giovanni Mastrobuoni, 17–44. Cambridge, MA y Londres: MIT Press.

6. Helland, E., y Tabarrok, A. 2007. Does Three Strikes Deter? A Nonparametric Estimation. Journal of Human Resources 42 (2), 309–30.

7. Drago, F.; Galbiati, R., y Vertova, P. 2009. The Deterrent Effects of Prison: Evidence from a Natural Experiment. Journal of Political Economy 117 (2), 257–80.

8. Durlauf, S.N., y Nagin D.S. 2011. Imprisonment and Crime: Can Both Be Reduced? Criminology and Public Policy 10 (1), 13–54.

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Hace cinco años en el blog: Economistas contra la crisis y el hombre de paja.
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sábado, 17 de junio de 2017

La disuasión del crimen (1)

Esta es la primera parte de la versión en español de mi artículo de mayo en Mapping Ignorance.


Gary Becker propuso el primer modelo económico sobre el comportamiento criminal. Con un enfoque neoclásico muy estándar estudió este problema aparentemente fuera del ámbito de la Economía. En particular, Becker asumió que los criminales son racionales y respondían a variables como la probabilidad de ser descubiertos, la severidad de los castigos y el coste de oportunidad en el mercado de trabajo. A este trabajo seminal siguió una literatura empírica abundante para contrastar hasta qué punto los potenciales criminales son disuadidos por estas variables. La literatura considera también novedades teóricas como la perspectiva dinámica del problema y la consideración de sujetos no perfectamente racionales, como sugiere la economía del comportamiento.

Chalfin y McCrary (2017) [1] examinan esta literatura para encontrar patrones, avanzar alguna conclusión y, tal vez, ayudar con recomendaciones de acción política. La primera cosa que notan estos autores es que las investigaciones se pueden clasificar en tres categorías generales, que corresponden a cada una de las tres variables mencionadas en el párrafo anterior. El papel de estas variables se puede ver como sigue: sea U(c1) la utilidad asociada con cometer un crimen sin ser descubierto, U(c2) la utilidad de cometer un crimen y ser descubierto, y (Unc) la utilidad de elegir no cometer el crimen. Finalmente sea p la probabilidad de ser descubierto. Entones, un individuo que tiene la oportunidad de cometer un crimen decidirá hacerlo si se cumple la siguiente condición:

(1-p)U(c1) + pU(c2) > U(nc).

Si el resultado de no ser descubierto (c2) se denota por Y (que puede interpretarse como ingreso monetario) y el resultado de ser descubierto se entiende como una reducción de este ingreso (Y-f), donde f se puede interpretar como la severidad del castigo, medida en ingreso equivalente, entonces la expresión anterior se puede reescribir como:

(1-p)U(Y) + pU(Y-f) > U(nc).

Las tres variables que afectan a la disuasión son p, f y el resultado de no cometer el crimen. El nivel de Y y la función de utilidad U son exógenas a las políticas de disuasión. De acuerdo con este modelo, un incremento en p o en f implican una mayor disuasión, como también la implica una mayor U(nc). Una característica interesante que se puede estudiar en este modelo es si los individuos se ven más afectados por p o por f a la hora de decidir si cometer el crimen. Becker (1968) [2] muestra que si los individuos son aversos a riesgo (como se suele suponer) un porcentaje de aumento en f es más efectivo como método disuasorio contra el crimen que el mismo incremento relativo en p, una conclusión que no se corresponde con la opinión contemporánea más extendida entre los jueces. 

Un modelo reciente en Lee y McCray (2017) [3] introduce un factor dinámico. Si el castigo tras ser descubierto es un número de años en la cárcel, entonces la severidad del castigo debe ser medida como años y no como una pérdida de ingreso como en el modelo de Becker. La consecuencia de esta diferencia es que el crimen se verá reducido por un aumento en el tiempo de condena, y el mecanismo de comportamiento deberá ser modulado según las preferencias temporales. En particular, los individuos impacientes mostrarán una mayor reacción a la probabilidad de captura que a la extensión temporal de la sentencia.

(Continúa aquí).

Referencias:

1. Chalfin, A., y McCrary, J. 2017. Criminal Deterrence: A Review of the Literature. Journal of Economic Literature 55(1), 5–48.

2. Becker, G.S. 1968. Crime and Punishment: An Economic Approach. Journal of Political Economy 76 (2), 169–217.

3. Lee, D.S., y McCrary, J. En prensa. The Deterrence Effect of Prison: Dynamic Theory and Evidence. Advances in Econometrics.

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Hace cinco años en el blog: Sobre el nacionalismo.
Y también: Sobre el nacionalismo (2).
Hace tres años en el blog: Seguros de salud privados: ¿selección adversa o propicia? (1)
Y también: Seguros de salud privados: ¿selección adversa o propicia? (2)
Y también: Ciencia y democracia.
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martes, 7 de marzo de 2017

La justicia por su mano

Un asesino te mata a un ser querido, ¿no querrías para él la pena capital? Así preguntan algunos que defienden la pena de muerte y, en general, quienes quieren penas duras contra los delincuentes. A veces, en debates con candidatos a favor y en contra de la pena de muerte, o en entrevistas a políticos que están en contra de ella, sale también esta pregunta a colación. Esto lo he visto muchas veces en EE.UU. y es una escena que sale irremediablemente en toda película que trate el tema. Siempre me ha parecido que las respuestas son totalmente inadecuadas. Un balbuceo, una salida por la tangente, una apelación a la no venganza y cosas así. Y eso que la respuesta adecuada es bien simple. Aquí va.

Todo el Estado de Derecho se basa en ofrecer unas garantías de justicia, tanto a la hora de dotar a la ciudadanía de un nivel de seguridad, como de evitar castigos al margen de la ley. Una de las primeras cosas que se intentan eliminar en un estado mínimamente civilizado son los linchamientos, las vendettas, el tomarse la justicia por la mano y el legislar en caliente. Todo el Estado de Derecho funciona para que mi decisión sobre qué hacer con un criminal que ha delinquido contra mí o mi familia sea bastante irrelevante. En caliente puedo contestar que mataría al asesino del comienzo de este texto. Eso no dice nada acerca de lo que considero que debe ser un código penal cuando no me veo en esa tesitura. Y es en frío cuando decidimos qué hacer con los criminales atendiendo a todos los criterios que queramos: disuasión, proporcionalidad, restitución, reinserción, etc.

Si yo fuera uno de esos políticos y me hicieran la pregunta, diría cualquier barbaridad, que sí que lo querría ver muerto y alguna cosa más que me saliera en ese momento. A continuación defendería que mis conciudadanos harían bien en no hacerme caso en lo que pensara en ese momento.

Cada vez que he contado esto, he tenido reacciones positivas. Rara vez alguien insiste en deducir de mi estado de ánimo como agraviado, cuál debe ser mi postura a la hora de redactar las leyes o a la hora de aplicarla también a quien ha cedido a la sed de venganza.

Y ahora, mis lectores, que espero concordéis conmigo en eso de no tomarse la justicia por la mano y que sepáis responder a la pregunta que ha circulado las últimas semanas por todo el mundo: "¿Está bien darle un puñetazo a un nazi?".

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Hace cinco años en el blog: Pregunta #5. Los criterios mínimos.
Hace tres años en el blog: Causas de la desigualdad salarial: ¿el comercio o las nuevas tecnologías? (2).
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martes, 10 de marzo de 2015

La Economía y la ética de las emisiones de carbono (2)

Esta es la segunda parte de la versión en español de mi artículo de febrero en Mapping Ignorance. Debe leerse la primera parte para entender esta.


2. Internalización de las externalidades. Una de las acciones de una sociedad bien gestionada consiste en internalizar las externalidades. Pongamos que se estima que las emisiones no deben exceder la cantidad X en un año. Si la sociedad emite X bonos de emisiones y requiere que quien libere al ambiente una unidad de emisiones haya comprado un bono, entonces el precio de mercado de los bonos reflejará el coste social de las emisiones. Sin un mercado de emisiones, ni las empresas ni los individuos pagarían el coste social de sus emisiones y deberían una compensación. Con el mercado de emisiones este efecto negativo se internaliza y los individuos en esta sociedad bien gestionada pueden vivir sus vidas sin necesidad de compensar más daños. El mercado de emisiones estará haciéndose cargo del problema. Otros mecanismos alternativos, como el impuesto por contaminar pueden tener el mismo efecto.

3. Sociedades no bien gestionadas. Como en el caso de la tragedia de los comunes o el de la contaminación, el problema de las emisiones de carbono tiene la estructura de un dilema del prisionero. Mis emisiones añaden muy poco al total, mi decisión de reducirlas o eliminarlas afectan muy poco a los demás, pero yo pago todo el coste si las compenso. Mi acción no resuelve el problema, y cooperar cuando los otros no lo hacen me hace sentir ridículo. Muchos filósofos han analizado este tipo de problemas sin encontrar una norma ética clara que aplicar (véanse Hardin, 1968 [3] y Kuhn, 2009 [4]).

4. Las emisiones de CO2 no pueden ser desdeñadas éticamente. Es imposible declarar que las emisiones individuales caen dentro de la excepción de minimis, dado que pueden llegar a ser de hasta 10.000$ para el americano medio a lo largo de su vida. Hay un daño y se requiere una compensación. ¿Cómo compensar las emisiones? Para empezar, los individuos no saben cuánto compensar y, cuando quieren, no saben hacerlo de una manera eficiente. De hecho, cuando lo intentan, lo hacen de una manera extremadamente ineficiente (Victor, 2010 [5], Wara y Victor, 2008 [6], Aldy y Stavins 2012 [7], IPCC Fifth Assessment, Mitigation 2014, capítulos 13 y 15 [8]). Además, si un individuo compra una compensación en un país donde no hay un límite de emisiones (p.e., en el Chicago Climate Exchange, antes de que se declarara en bancarrota), en lugar de beneficiar a quien sufre el daño por el cambio climático, benefician a los responsables de las emisiones, para quienes ahora emitir es más barato. Finalmente está el tema sobre cómo resolver el valor relativo de nuestra dedicación a compensar emisiones comparado con otras externalidades importantes, como el hambre en el mundo, la pobreza o la guerra.

5. Métodos eficientes de compensar nuestras externalidades. Si las acciones individuales son un método muy malo para compensar emisiones, estas no deberían proponerse como la solución ética al problema que causan. Entonces, ¿cuál es la solución ética apropiada? Nodhaus sugiere un enfoque multilateral. Es computacionalmente imposible asegurar un balance neutro en la contabilidad de cada externalidad dada la cantidad y complejidad de acciones que tomamos cada día. Por el contrario, sería relativamente simple tomar una compensación global una vez que se ha determinado un monto razonable a los daños de nuestras acciones.

Para desarrollar este enfoque, Norhaus propone un experimento mental en el espíritu del velo de la ignorancia de Rawls: en la sociedad B la gente compensa sus daños cada vez que incurre en una externalidad. Como esto es muy ineficiente se dilapidarán muchos recursos en costes de transacción y de cálculo y, aún así, no habrá garantía de que se hagan los cálculos correctos. En la sociedad M la gente estima todos los daños y compensa a los grupos afectados (p.e., cuando se emiten bonos para poder realizar emisiones contaminantes o de efecto invernadero y los individuos pagan un precio para adquirir el bono). En estas condiciones, si uno no sabe si causará un daño o deberá ser compensado, ¿qué sociedad elegiría? Entonces, la gran pregunta ética es: si tenemos que dedicar nuestras acciones a la construcción de la sociedad B o la sociedad M, ¿dónde estarían mejor empleados los limitados recursos de que disponemos como individuos?

Referencias

1. Nordhaus, W. 2014. The Ethics of Efficient Markets and Commons Tragedies: A Review of John Broome’s Climate Matters: Ethics in a Warming World. Journal of Economic Literature 52(4), 1135–1141.

2. Broome, J. 2012. Climate Matters: Ethics in a Warming World. New York: W. W. Norton and Company.

3. Hardin, G. 1968. The Tragedy of the Commons. Science 162, 1243–48.

4. Kuhn, S. 2009. Prisoner’s Dilemma. In Stanford Encyclopedia of Philosophy. Spring 2009 edition.

5. Victor, D.G. 2010. The Politics and Economics of International Carbon Offsets. In Modeling the Economics of Greenhouse Gas Mitigation: Summary of a Workshop, 132–42. Washington, D.C.: National Academies Press.

6. Wara, M. W., and Victor, D.G. 2008. “A Realistic Policy on International Carbon Offsets.” Stanford University Program on Energy and Sustainable Development Working Paper 74.

7. Aldy, J.E., and Stavins, R.N. 2012. The Promise and Problems of Pricing Carbon: Theory and Experience. Journal of Environment and Development 21(2), 152–80.

8. Intergovernmental Panel on Climate Change. 2014. Climate Change 2014: Mitigation of Climate Change.

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Hace cinco años en el blog: En el sentido más laudatorio del término.
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sábado, 7 de marzo de 2015

La Economía y la ética de las emisiones de carbono (1)

Esta es la primera parte de la versión en español de mi artículo de febrero en Mapping Ignorance


En su libro Climate Matters, John Broome (2012) [1] examina el cambio climático desde el punto de vista de la filosofía moral. Al contrario que muchos otros ensayos que considera la ética de la elección social en este tema, el libro de Broome contiene algunos capítulos que se centran en las implicaciones para la ética individual:
“¿Deberías dejar de volar a destinos lejanos en vacaciones? ¿Deberías instalar un aerogenerador en el jardín? Si no, ¿deberías, al menos, comprar la electricidad a un proveedor ecologista? Si esperas encontrar respuestas a estas preguntas en este libro tienes suerte.” (pág. 73)
Para ofrecer una respuesta al lector, Broome enfatiza dos principios éticos centrales: bondad y justicia. La bondad requiere que uno intente y logre mejorar el mundo, como cuando se da dinero a una persona más pobre. La justicia es más exigente: si uno realiza una acción injusta hacia una persona o grupo de personas, entonces les debe una compensación. Broome considera siete condiciones suficientes para que se desencadene el requerimiento moral de la compensación: causas un daño a la persona, eres responsable del hecho, el daño es serio, no es accidental, la acción te beneficia, no hay beneficio recíproco y las acciones para la compensación no son costosas.

De acuerdo con Broome, las emisiones de carbono cumplen las siete condiciones y, por tanto, demandan algún tipo de compensación. Afortunadamente se puede alcanzar fácilmente a nivel individual: “Tu deber privado es reducir tu huella de carbono a cero” (pág. 100).

Nordhaus (2014) [2] analiza las recomendaciones de Broome y ofrece su propio modelo para estudiar estos aspectos éticos. Lo hace con la perspectiva obtenida desde el análisis económico, que comienza con la posición ética de los individuos en un mercado bien regulado. Consideremos un mercado que cumple todas las condiciones del primer teorema del bienestar: no hay poder de mercado (no monopolios u oligopolios) ni externalidades (como la contaminación) ni bienes públicos (como el alumbrado de las calles), entre otras. En estas condiciones el teorema establece que los mercados son eficientes. En este caso las acciones individuales son éticamente neutrales o positivas, puesto que no afectan o afectan positivamente al bienestar de los demás. Por ponerlo en los mismos términos que Broome, nuestras acciones en estos mercados no requieren compensación: si uno compra pan en un mercado donde no hay abuso infantil, una mafia que controle el mercado u otra característica negativa que impida el cumplimiento del primer teorema del bienestar, entonces no hay daño alguno, solo un beneficio para mí y para el panadero. Tras esta idea general, Nordhaus hace varias afirmaciones.

1. Sociedades bien gestionadas. Norhaus extiende la idea anterior a una sociedad bien gestionada. En sus propias palabras, se trata de una sociedad “que está diseñada para procurar el bienestar de sus miembros, contiene leyes y costumbres efectivas para promover la eficiencia económica y la justicia, y se ocupa de manera efectiva de los fallos de mercado y de las desigualdades sociales”. Por ejemplo, una sociedad bien gestionada resuelve los problemas de las externalidades de conducir (mi decisión privada de conducir puede causar un daño a una tercera persona en caso de que tener un accidente) al requerir un carnet de conducir y también al decidir las muchas regulaciones que nos son familiares (límites de velocidad, obligatoriedad del seguro, y disposiciones de ese estilo). Los ingenieros deciden dónde poner señales de “stop” o dónde prohibir adelantar. Una vez que la sociedad bien gestionada pone estas normas, los individuos que cumplen la ley no deben compensación cuando se produce un daño.

(Sigue aquí.)

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Hace tres años en el blog: Pregunta #5. Los criterios mínimos.
Hace cinco años en el blog: El agente y el principal.
Y también: La reforma de las pensiones.
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viernes, 27 de agosto de 2010

Rawls, su velo de la ignorancia



(Lowlight 7, publicado el 17/5/09)

John Rawls (1921-2002) fue un filósofo interesado en la filosofía moral y política. A pesar de seguir un enfoque contractualista y ser, por tanto, consistente con el relativismo moral, o precisamente por eso, logró ser uno de los filósofos que más ha avanzado en cimentar de una manera razonable sus posturas en moral y política.

Voy a referirme a dos de los conceptos por los que es más famoso. En primer lugar, Rawls se planteó el problema de elegir entre dos órdenes sociales y propuso el criterio de elección tras el velo de la ignorancia. Según este criterio, se tomaría por más justo o mejor, el sistema social que los individuos eligieran antes de saber qué papel les tocaría representar en ese gran teatro del mundo. Dicho de otra manera, si uno no sabe quién de los millones de habitantes del país A o quién de los del país B le tocaría ser, ¿en qué país querría nacer?

Rawls pensaba que la consecuencia de la aplicación de este criterio sería que, enfrentados a esta incertidumbre, los individuos preferirían aquella sociedad en la que el peor tratado de los individuos estuviera mejor tratado. Este es el segundo concepto, que llamaremos criterio rawlsiano. Comparemos, por ejemplo, el 1% más pobre del país A y el 1% más pobre del país B. El país en que mejor estén estos individuos será la sociedad más justa.

El principio del velo de la ignorancia es interesante porque es posible formalizarlo con mucha precisión. En Economía corresponde al criterio de eficiencia ex-ante, es decir, al criterio de eficiencia antes de ser revelada la información que puedan obtener los individuos. Este criterio se puede aplicar para varios momentos en los que se revela información (sobre la salud, la habilidad para un oficio, …). Coincidirá con el criterio del velo de la ignorancia cuando la información se refiera a la propia identidad.

El criterio rawlsiano de escoger la sociedad que mejor trate al más desfavorecido también se puede formalizar fácilmente. Pero ocurre que no se deduce del criterio del velo de la ignorancia. Pongamos un ejemplo. Intentemos comparar las tres sociedades de la entrada anterior según Rawls. Recordemos que había cinco individuos y tenían de rentas (4,4,5,6,6), (3,4,5,6,7) y (4,4,4,4,9) respectivamente en cada una de las sociedades.

Según el criterio del más desfavorecido, las sociedades primera y tercera serían preferibles a la segunda.

Según el criterio del velo de la ignorancia necesitamos una estimación de lo que preferirían los individuos antes de saber quiénes serán en cada sociedad. Si sólo les interesa la renta media, estarán indiferentes entre las tres, pues en todas la renta media es de 5. Si, en cambio, tienen preferencias del tipo “más dinero es mejor, pero cantidades adicionales incrementan la felicidad cada vez menos” podrían elegir sociedades más igualitarias. Por ejemplo, si la felicidad es proporcional, no a la riqueza, sino a su logaritmo (algo no tan descabellado como pueda sonar, dado lo que nos dice la psicología), tendríamos que, en una sociedad con rentas (a,b,c,d,e) los individuos tendrían una felicidad media calculada así (la x es el signo de multiplicación):

Felicidad media = 1/5 x log(a) + 1/5 x log(b) + 1/5 x log(c) +1/5 x log(d) + 1/5 x log(e)

Como todas las sociedades tienen 5 individuos, en lugar de la felicidad media, podemos trabajar con la felicidad total, que es más fácil:

Felicidad total = log(a) + log(b) + log(c) + log(d) + log(e)

Si repasamos nuestras matemáticas y recordamos que el logaritmo del producto es la suma de logaritmos, podremos reescribir la fórmula así:

Felicidad total = log(a x b x c x d x e)

Si seguimos repasando nuestras matemáticas, recordaremos que el logaritmo de un número es mayor cuanto mayor sea ese número, así que para encontrar la sociedad que tiene una mayor felicidad basta encontrar cuál tiene un producto de las rentas mayor. En nuestros ejemplos, los productos son:

Sociedad 1: 4 x 4 x 5 x 6 x 6 = 2880
Sociedad 2: 3 x 4 x 5 x 6 x 7 = 2520
Sociedad 3: 4 x 4 x 4 x 4 x 9 = 2304

Según el criterio del velo de la ignorancia, la sociedad primera es mejor que la segunda y ésta mejor que la tercera. Este ordenamiento es distinto al que hace el criterio rawlsiano y que hemos visto antes.

domingo, 17 de mayo de 2009

Rawls, su velo de la ignorancia


John Rawls (1921-2002) fue un filósofo interesado en la filosofía moral y política. A pesar de seguir un enfoque contractualista y ser, por tanto, consistente con el relativismo moral, o precisamente por eso, logró ser uno de los filósofos que más ha avanzado en cimentar de una manera razonable sus posturas en moral y política.

Voy a referirme a dos de los conceptos por los que es más famoso. En primer lugar, Rawls se planteó el problema de elegir entre dos órdenes sociales y propuso el criterio de elección tras el velo de la ignorancia. Según este criterio, se tomaría por más justo o mejor, el sistema social que los individuos eligieran antes de saber qué papel les tocaría representar en ese gran teatro del mundo. Dicho de otra manera, si uno no sabe quién de los millones de habitantes del país A o quién de los del país B le tocaría ser, ¿en qué país querría nacer?

Rawls pensaba que la consecuencia de la aplicación de este criterio sería que, enfrentados a esta incertidumbre, los individuos preferirían aquella sociedad en la que el peor tratado de los individuos estuviera mejor tratado. Este es el segundo concepto, que llamaremos criterio rawlsiano. Comparemos, por ejemplo, el 1% más pobre del país A y el 1% más pobre del país B. El país en que mejor estén estos individuos será la sociedad más justa.

El principio del velo de la ignorancia es interesante porque es posible formalizarlo con mucha precisión. En Economía corresponde al criterio de eficiencia ex-ante, es decir, al criterio de eficiencia antes de ser revelada la información que puedan obtener los individuos. Este criterio se puede aplicar para varios momentos en los que se revela información (sobre la salud, la habilidad para un oficio, …). Coincidirá con el criterio del velo de la ignorancia cuando la información se refiera a la propia identidad.

El criterio rawlsiano de escoger la sociedad que mejor trate al más desfavorecido también se puede formalizar fácilmente. Pero ocurre que no se deduce del criterio del velo de la ignorancia. Pongamos un ejemplo. Intentemos comparar las tres sociedades de la entrada anterior según Rawls. Recordemos que había cinco individuos y tenían de rentas (4,4,5,6,6), (3,4,5,6,7) y (4,4,4,4,9) respectivamente en cada una de las sociedades.

Según el criterio del más desfavorecido, las sociedades primera y tercera serían preferibles a la segunda.

Según el criterio del velo de la ignorancia necesitamos una estimación de lo que preferirían los individuos antes de saber quiénes serán en cada sociedad. Si sólo les interesa la renta media, estarán indiferentes entre las tres, pues en todas la renta media es de 5. Si, en cambio, tienen preferencias del tipo “más dinero es mejor, pero cantidades adicionales incrementan la felicidad cada vez menos” podrían elegir sociedades más igualitarias. Por ejemplo, si la felicidad es proporcional, no a la riqueza, sino a su logaritmo (algo no tan descabellado como pueda sonar, dado lo que nos dice la psicología), tendríamos que, en una sociedad con rentas (a,b,c,d,e) los individuos tendrían una felicidad media calculada así (la x es el signo de multiplicación):

Felicidad media = 1/5 x log(a) + 1/5 x log(b) + 1/5 x log(c) +1/5 x log(d) + 1/5 x log(e)

Como todas las sociedades tienen 5 individuos, en lugar de la felicidad media, podemos trabajar con la felicidad total, que es más fácil:

Felicidad total = log(a) + log(b) + log(c) + log(d) + log(e)

Si repasamos nuestras matemáticas y recordamos que el logaritmo del producto es la suma de logaritmos, podremos reescribir la fórmula así:

Felicidad total = log(a x b x c x d x e)

Si seguimos repasando nuestras matemáticas, recordaremos que el logaritmo de un número es mayor cuanto mayor sea ese número, así que para encontrar la sociedad que tiene una mayor felicidad basta encontrar cuál tiene un producto de las rentas mayor. En nuestros ejemplos, los productos son:

Sociedad 1: 4 x 4 x 5 x 6 x 6 = 2880
Sociedad 2: 3 x 4 x 5 x 6 x 7 = 2520
Sociedad 3: 4 x 4 x 4 x 4 x 9 = 2304

Según el criterio del velo de la ignorancia, la sociedad primera es mejor que la segunda y ésta mejor que la tercera. Este ordenamiento es distinto al que hace el criterio rawlsiano y que hemos visto antes.