martes, 30 de agosto de 2016

Los mitos de la razón. El Hombre Flotante de Avicena. (Reposición)

Ilustración moderna del Hombre Flotante

Durante su tiempo preso en el castillo de Fardajan, Avicena describió el mito del Hombre Flotante, que pertenece al grupo de mitos llamados experimentos mentales. El Hombre Flotante es un simple mortal que llega a la existencia completo y adulto, pero que lo hace flotando en el vacío, sin recibir información de ninguno de sus sentidos. No puede ver, ni oler, ni oír. Tampoco puede sentir sus extremidades o parte alguna de su cuerpo, ni siquiera sus latidos. Privado de sensaciones, de recuerdos y de nada sobre lo que hacer valer su imaginación, el Hombre Flotante solo puede pensarse a sí mismo y en eso pasa su existencia.

Recuerda a otro mito de mortales que viven en la ignorancia y la oscuridad, como los habitantes en el Mito de la Caverna, pero sin que esté clara una conexión directa entre ambos. Sí parece haberla, en cambio, con el mito del Genio Maligno de Descartes, mucho más tardío. Ambos intentan sentar una certeza que pueda sobrevivir a cualquier duda: la existencia de la consciencia o del pensamiento. En el caso del Hombre Flotante, la certeza viene dada al existir el pensamiento incluso si en la mente no hay nada previo a él. En el mito de Descartes, aparece a pesar del Genio Maligno, que confunde los pensamientos de los mortales y que aún así preservan la certeza de pensar.

El mito de una mente encerrada en sí misma es recurrente en la literatura. Son muchos los textos que, aunque no tienen sus orígenes en el Hombre Flotante, sí en cambio comparten la confusión de los sentidos y del entendimiento. Así, tenemos al hombre que soñaba ser una mariposa o mariposa que soñaba ser hombre (Zuangzi), al prisionero para quien la vida es sueño (Calderón de la Barca), a la consciencia traspasada de un ser humano a una máquina sin conexión con el mundo externo (Stanislaw Lem), el mundo de las películas de Matrix o la ballena de la Guía del Autoestopista Galáctico (Douglas Adams), aparecida toda ella por fluctuación cuántica a kilómetros de la superficie de un planeta, pero no flotando, sino con el tiempo justo para disfrutar la experiencia de estar cayendo a algo que en su proto-lenguaje decidió llamar suelo, su certeza.

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