lunes, 30 de diciembre de 2013

Economía del comportamiento y la evaluación de las políticas de eficiencia energética (2)


Figura 1: Ránking de bienestar de la política combinada vs. impuesto pigouviano.
d es el factor de descuento, landa = 0  significa que no hay costes de autocontrol (no tentación). 

Esta es la segunda parte de la traducción de mi artículo de noviembre (publicado a principios de diciembre, cosas de los tiempos de edición) de Mapping Ignorance. Debe leerse la primera para entender el texto.

El primer problema se puede ilustrar con un ejemplo sencillo: ante una elección entre 10 euros hoy y 11 euros mañana, una persona puede preferir el dinero hoy. Si esa misma persona prefiere 11 euros dentro de 366 días en lugar de 10 dentro de 365 estará mostrando una inconsistencia temporal, puesto que cuando pasen 365 días cambiará el orden de sus preferencias y elegirá el dinero ese día en lugar de esperar uno más.

El otro problema es todavía más importante. Cuando las preferencias cambian como en el ejemplo anterior tenemos que enfrentarnos al problema de qué preferencias usar a la hora de estimar las implicaciones de bienestar de una política concreta. ¿Cuál sería la decisión correcta si una medida económica hace que un individuo mejore según unas preferencias, pero empeore según otras? En nuestro contexto, un individuo con dos sistemas de preferencias inconsistentes puede verse como dos “yoes” de la misma persona, donde el primer yo siempre cae en la tentación, un acto del que luego se arrepiente el segundo. ¿A cuál de los dos se debe dar prioridad en el análisis? En algunos casos, como en la evaluación de los estándares basados en políticas de ahorro energético, uno está tentado a asumir de manera natural que son las preferencias del segundo yo las que deben considerarse, mientras que en la evaluación de las políticas sobre el mercado de las drogas son las preferencias del yo no adicto las que deben ser respetadas. De hecho, algunos estudios como Heutel (2011) [5] siguen este enfoque al estudiar los estándares de eficiencia energética, un instrumento que puede usarse para llegar a una solución tipo “second best” (la óptima o “first best” requeriría no imponer el mismo estándar a todos los individuos).

Gul y Pesendofer (2001) [6] presentan un modelo más general que permite a los individuos resistir la tentación (aunque a un coste). En su modelo la presencia de una alternativa y en el conjunto de decisión puede reducir la utilidad de otra alternativa x. Así, en su modelo, la utilidad que da x puede ser mayor que la utilidad que da y si y no está presente en el conjunto de decisión, pero al mismo tiempo ser menor si y sí está presente. Los autores muestran que estas preferencias son temporalmente consistentes y que pueden ser modelizadas con una función de utilidad separable.

Tsvetanov y Segerson (2013) [7] aplican este último modelo a la evaluación de políticas para la mejora de la eficiencia energética, como el uso de estándares, impuestos pigouvianos e impuestos y subsidios a productos. Los autores muestran que, cuando el gobierno conoce las proporciones de los tipos (usuarios ocasionales e intensivos de bienes duraderos que usan energía), una combinación adecuada de impuestos pigouvianos y establecimiento de estándares es mejor que el uso único de impuestos pigovianos. Estos dos instrumentos serían complementarios y no sustitutivos.

En contraste con las preferencias hiperbólicas, con las preferencias tratadas en Gul y Pesendofer (2001) los individuos no tienen diferentes “yoes” en diferentes momentos. Lo que ocurre es que, en cada momento, los individuos eligen entre alternativas reconociendo que incurrirán en una desutilidad (i.e., el coste de ejercer auto control) si resisten la tentación. Esto lleva a un conjunto de preferencias temporalmente consistentes en presencia de tentaciones que permite al individuo tanto resistir como sucumbir ante ella como posibles resultados. En la ausencia de tentación, la medida de poner solo estándares o en combinación con impuestos pigouvianos reduce el bienestar frente al impuesto. En cambio, para tentaciones fuertes, los estándares dominan al impuesto. Para valores intermedios la política que combina ambas medidas domina a las dos (Figura 1).

Este trabajo es interesante no solo porque aclara el papel que las distintas políticas pueden desempeñar para resolver los problemas de las externalidades negativas, sino también porque muestra las posibilidades y limitaciones de los nuevos modelos de Economía del Comportamiento dentro de la Economía. Los estándares pueden verse como instrumentos paternalistas justificados porque los consumidores no son completamente racionales, cuyo uso se basa en la Economía del Comportamiento. Sin embargo, el trabajo aquí presentado es teórico y todavía necesita validación empírica, no solo para mostrar los beneficios de la política mixta, sino también para mostrar que, en verdad, el modelo de Gul y Pesendorfer es más adecuado que el modelo de descuento hiperbólico a la hora de reflejar el comportamiento de los consumidores.

Referencias


6. Gul, Faruk, and Pesendorfer, Wolfgang 2001. Temptation and self-control. Econometrica 69, 1403–1435.

7. Tsvetanov, Tsvetan, and Segerson, Kathleen 2013. Re-evaluating the role of energyefficiency standards: a behavioral economics approach. Journal of Environmental Economics and Management 66, 347–363.

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Hace tres años en el blog: Se acaba la década, pero no la semana.
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