martes, 11 de julio de 2017

¿Cuántos impuestos paga un asalariado?

A cuenta de la reducción de impuestos pactada entre el PP y C’s ha vuelto el debate sobre si pagamos muchos impuestos, si compensa el estado de bienestar que tenemos y otros gastos, y si es el momento adecuado, por aquello de la deuda y el déficit. En particular, se ha gastado mucha saliva y caracteres de twitter en dilucidar cuántos impuestos pagamos y, más concretamente, cuántos paga un trabajador asalariado. Voy a intentar aclarar esto.


Un trabajador cobra un sueldo bruto, del que se descuentan cotizaciones a la seguridad social y sobre el que tendrá que pagar el impuesto de la renta. Además de eso, el empleador paga cotizaciones a la seguridad social a cuenta del trabajador y, cuando el trabajador gaste su dinero, pagará el IVA, impuestos especiales y otros. ¿Cómo calcular cuáles son los impuestos que paga el trabajador? ¿Se incluyen todos? ¿Son las cotizaciones a la seguridad social impuestos? ¿La parte que paga el empleador es parte del salario bruto del trabajador?

Para responder a estas preguntas hagamos unas consideraciones que espero aclaren el porqué del análisis posterior.
  1. Las cotizaciones a la seguridad social no son técnicamente un impuesto, pero actúan económicamente de manera bastante parecida a un impuesto. Un incremento de las cotizaciones implica un coste mayor de contratar, exactamente como un impuesto implica un coste mayor de compraventa.
  2. La distinción entre una parte de las cotizaciones que paga el trabajador y otra que paga el empleador es un artificio contable. Pongamos que a un sueldo de 100 debe acompañar una cotización de 25 por parte del empleador y de 5 por parte del trabajador. El empresario gastará 130 por cada 100 que reciba el trabajador. Lo mismo que si al empresario se le imputara una cotización de 10 y al trabajador una de 20. Todo es exactamente igual, excepto que alguien ha decidido llamar a unas cantidades de una manera y no de otra.
  3. Es cierto que algunas políticas de incentivos perdonan, por ejemplo, la parte de las cotizaciones que se imputan al empleador. Pero eso solo quiere decir que el Estado quiere subvencionar por esa proporción. Daría igual decir que perdona 25/30 partes de la cotización total o que perdona el 100% de los 25 imputados al empleador.
Una vez que tratamos todas las cotizaciones a la seguridad social como impuestos, todavía nos queda calcular cuánto paga quién de cada impuesto. ¿Paga el trabajador todas las cotizaciones? ¿Paga todo el IVA?
Figura 1 (izquierda): La oferta se desplaza hacia arriba (se hace más cara) por el monto del impuesto.
Figura 2 (derecha): La demanda se desplaza hacia abajo (se demanda menos) por el monto del impuesto.
En ambos casos: La cantidad pasa de Q a Q´,
el precio pasa de P a Pc para el comprador y Pv para el vendedor.
La diferencia entre Pc y Pv es el impuesto.

En Economía nos hacemos una pregunta para saber quién paga un impuesto: cuál sería el precio que verían comprador y vendedor sin impuesto y cuánto ven con el impuesto. Lo que paga cada uno es la diferencia. Las figuras 1 y 2 ilustran esto en el caso más sencillo. En ambas figuras partimos de la misma situación, una oferta y una demanda que dan como resultado un precio de equilibrio en el punto E. En la Figura 1, el Estado decide poner un impuesto al comprador, que tendrá que pagar t unidades extra por cada unidad comprada. Vemos que esto implica un desplazamiento hacia abajo de la demanda (por valor t) y un nuevo equilibrio en E'. En la Figura 2 el impuesto es sobre el vendedor, que implica un desplazamiento de la oferta y un nuevo equilibrio en E''. El lector atento observará que E' y E'' tienen el mismo resultado en términos de quién paga qué. En ambos casos el impuesto se reparte entre el comprador y el vendedor de la misma manera. Quién pague una proporción mayor dependerá de cómo de horizontales o verticales sean las funciones. Si el comprador tiene una demanda plana, lo que quiere decir que es muy sensible al precio de ese bien, ante una subida del impuesto reaccionará comprando otras cosas y pagando poco del impuesto sobre ese bien.

Lo anterior se mantiene, mutatis mutandi, si el impuesto es un porcentaje, si el mercado no está en competencia perfecta o si concurre cualquier otra circunstancia con la que uno quiera complicar o hacer más realista el modelo. Este resultado se observa una y otra vez en cuantos experimentos y estudios empíricos se han hecho sobre el tema.

Aunque no se haya entendido del todo este análisis, una cosa debe quedar perfectamente clara: el impuesto se reparte entre comprador y vendedor y no se debe contabilizar dos veces. Por ejemplo, incluso si uno cree que el impuesto lo paga siempre el comprador (¿por qué?) eso querría decir que si A compra el bien X y vende el bien Y, solo pagaría el correspondiente al bien X. El impuesto sobre el bien Y lo pagaría el comprador de ese bien.

Ya estamos en disposición de decir algo relevante sobre qué impuestos paga un asalariado. El trabajador, recordemos, vende su trabajo y compra bienes y servicios. ¿Convenimos que paga una parte del impuesto correspondiente a cada compra-venta dependiendo del análisis en cada mercado en particular, como en las figuras 1 y 2? Así debe ser. Decir que paga todos los impuestos, tanto cuando compra como cuando vende supone decir que todas las empresas que pagan a todos los trabajadores tienen una capacidad ilimitada de pasar todo el impuesto al trabajador y que todas las empresas a las que compra bienes y servicios al trabajador tienen ese grandísimo poder.

Entonces ¿cuánto paga el trabajador? No lo sé, no soy experto en ello, pero cualquiera que responda a esa pregunta asignando arbitrariamente un impuesto u otro en su totalidad o parcialidad al trabajador no será digno de ser escuchado. Eso es lo que hizo, por ejemplo, J.R. Rallo en La Sexta Noche el sábado pasado atribuyendo el pago de todos los impuestos al trabajador (véase a partir del minuto 26:55). Lo hacen también quienes se dejan llevar por la arbitrariedad de la asignación de cotizaciones a trabajador y empresa.

Como siempre, un caos de discusión. El error de Rallo en el cálculo, a partir del 26:55.

Termino con una última aclaración. Hay quien confunde el análisis anterior sobre quién paga efectivamente un impuesto con el análisis sobre una política dirigida a un colectivo. Por ejemplo, pongamos que un paquete de chuches cuesta 6€, de los que 1€ corresponde al IVA (un 20% sobre los 5€ antes del IVA). Ahora el Estado me perdona el IVA cuando compro chuches (solo a mí, que soy el colectivo al que el Estado dirige su política), para mí el precio de las chuches bajará por todo el monto del IVA, de 6€ a 5€. Yo me beneficio al 100% y el que me vende las chuches se beneficiará al 0% en cada paquete de chuches que compre. Si mañana vuelvo a tener que pagar el IVA, pagaré el 100% del monto del IVA. ¿Quiere esto decir que en el mercado de las chuches el consumidor paga el 100% del IVA? De ninguna manera. El precio prevalente de 6€ con IVA de las chuches sería una cantidad entre 5 y 6 (pongamos que fuera 5,4€) si el Estado eliminara el IVA de las chuches para todos los consumidores. Si solo me lo quita a mí, el precio para mí será de 5€. Ambas cosas no solo son perfectamente compatibles, sino que constituyen el análisis correcto en cada caso. Por la misma razón preguntarse qué pasaría si el Estado le perdona a tu empleador las cotizaciones sociales para responder que tu sueldo no variaría, que el empleador se beneficiaría del 100% de la exención, no tiene nada que ver con el hecho de que las cotizaciones se pagan entre ambos.

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Hace cinco años en el blog: Qué fácil es saber.
Y también: ¿A la tercera va la vencida?
Hace tres años en el blog: Paradojas de Venezuela: pobres resultados y alto índice de bienestar subjetivo.
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lunes, 3 de julio de 2017

Matar una discusión (7): «¿Estás comparando el tocino con la velocidad?»


Estás intentando explicar un fallo en una argumentación y, para hacerlo más patente, pruebas con un ejemplo que te parece más claro. ¿Qué puede salir mal? Al parecer, mucho.

Sabemos que si llueve las calles se mojan. Alguien ve la calle mojada y dice que ha llovido. «No tiene por qué», respondes, pero no convences. Tras mucho explicar dices que de «A implica B» no se puede deducir que «B implica A», de «Si llueve, se mojan las calles» no se puede deducir que «Si las calles están mojadas es porque ha llovido», lo mismo que de «Si alguien es hombre, entonces es mortal» no se deduce que «Si alguien es mortal entonces es hombre», puesto que puede ser una mujer. Llegados a este punto, tu contertulio dirá «¿Estás comparando a la lluvia con los seres humanos?». Bueno, seguramente no, nadie sería tan bruto. Todo el mundo entiende que la analogía que trae el ejemplo está en la forma del argumento, no en el contenido. Sin embargo algo muy parecido pasa a menudo.

Por ejemplo, en numerosas ocasiones he dicho que los supuestos en Economía son simplificaciones para desarrollar modelos tratables y que permitan estudiar una cuestión. El Homo economicus sería una simplificación para estudiar algunos mercados lo mismo que el tratar los planetas como puntos en el espacio lo es para estudiar sus posiciones relativas. Una y otra vez, me contestan «¿Cómo puedes comparar la Economía con la Física?» Cuando aseguro que en ningún momento he hecho eso me señalan que he puesto las dos cosas en un mismo párrafo. Como si hubiera sido yo, y no mis contertulios, quienes han confundido la lluvia con los seres humanos.

¿Hace falta que ponga otro ejemplo o se me dirá que estoy confundiendo el modus ponens con el realismo de los supuestos? ¿O tal vez que no me entero y que planteo una falsa disyuntiva?

El lector avispado se habrá dado cuenta que este tipo de confusión mental tiene su vuelta de hoja. Ocurre cuando alguien te quiere convencer de A y lo pone en analogía con B, que es algo de lo que ya estás convencido. Por ejemplo, «El mercado no busca la justicia, por lo tanto el mercado es malo». Te han metido en la misma frase «mercado» y «no justicia» y ahora te toca a ti ser el malo de la película y decir que «el chocolate tampoco busca la justicia». Para entonces tu contertulio ya no atenderá razones, hinchado de superioridad moral.

(Se admiten comentarios con más ejemplos de este tipo de diálogo de besugos.)

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Hace cinco años en el blog: Sobre el nacionalismo (3).
Y también: Cuando cierro los ojos veo neoliberales.
Hace tres años en el blog: Vivir con la imperfección en ciencia y en política.
Y también: Elección de alcalde a dos vueltas.
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lunes, 26 de junio de 2017

La disputa del centro con cuatro partidos

Cuando en un sistema democrático hay dos partidos grandes, hay también una tendencia a que ocupen el centro político. Si ocupan otra posición, por ejemplo uno se coloca en el medio de la izquierda y otro en el medio de la derecha, cualquiera de ellos espera ganar votos desplazándose en la dirección del otro partido. De tener más o menos la mitad del electorado pasaría a tener bastante más. En la medida que a los partidos les importe ganar votos, la fuerza de este equilibrio no debe ser desdeñada. Es cierto que los partidos pueden tener también preferencias por unas políticas u otras, pero no menos cierto es que ninguna política se llevará a cabo sin ganar las elecciones.

Figura 1

Con cuatro partidos grandes la cosa cambia. Si los cuatro se quedan en el centro, cualquiera de ellos ganará si se escora hacia un lado. Pasaría de estar dividiéndose entre cuatro a todo el electorado a tener prácticamente la mitad para sí. Algo parecido, pero todavía más marcado, sucede si los cuatro coinciden en cualquier otro punto del espectro político. Tampoco puede haber tres juntos en un sitio (por ejemplo, en algún lugar del centro o del centro izquierda) porque entonces el cuarto que está suelto ganaría aproximándose a esos tres por la parte en la que han dejado más espacio. Pero tras juntarse estaríamos en la situación anterior, que sigue sin ser de equilibrio.

El único equilibrio sucede cuando dos ocupan el centro derecha y dos el centro izquierda (Figura 1, donde los porcentajes indican el tanto por ciento de población entre la extrema izquierda y el punto señalado). Los ciudadanos votan al partido más cercano a su ideología, de manera que los dos primeros se reparten la mitad de la izquierda (flechas rojas) y los otros dos la mitad de la derecha (flechas azules). Quien se mueva de ahí perderá votos. Por ejemplo, si uno del centro izquierda se va al centro ganará algunos votos a costa de los partidos de centro-derecha, pero perderá una cantidad idéntica por la izquierda (Figura 2, donde las flechas naranjas muestran lo que gana y pierde con el cambio), que fortalecerá a su rival más cercano. Pruebe el lector para ver que ninguna otra configuración es de equilibrio. Aquí hay una demostración formal. Para que esto sea así es necesario que los partidos solo estén interesados en ganar votos y que los votantes estén distribuidos uniformemente en el eje izquierda-derecha y solo les importe ese eje.

Figura 2

Esto viene a cuento porque desde hace tiempo vengo diciendo que veríamos la C’s ir a la derecha y al PSOE hacia la izquierda (véase aquí, aquí, aquí y aquí). No es que vayan a coincidir, puesto que hay más variables además de ganar votos, pero sí que tenemos una fuerza que los llevará en esa dirección. Desde entonces hemos visto a C’s renunciar a la Socialdemocracia y al PSOE elegir a la versión más a la izquierda de Sánchez. No es que yo diga que eso es lo que deben hacer los partidos ni que yo quiera que lo hagan, es simplemente entender que esa fuerza existe y tira de los partidos, independientemente (o además de) de cualquier otra consideración. Sin entenderla no se entiende una parte importante de la evolución que hemos visto en los últimos tiempos.
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Hace cinco años en el blog: Alemania-Grecia.
Y también: Por encima de nuestras posibilidades.
Hace tres años en el blog: Al monte se va con botas: El anteproyecto de reforma fiscal.
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martes, 20 de junio de 2017

La disuasión del crimen (2)

Esta es la segunda parte de la versión en español de mi artículo de mayo en Mapping Ignorance. Debe leerse la primera parte para entender esta.


Otro aspecto importante que tener en cuenta es la diferencia entre los riesgos reales y los percibidos. Los individuos reaccionan frente a los riesgos percibidos, de manera que es importante entender cómo se forma esta percepción. En general hay poca evidencia de correlaciones entre los riesgos percibidos y los reales, y solo hay alguna percepción acertada en los casos de jóvenes criminalmente activos. La literatura también ha tendido a encontrar evidencia robusta sobre el hecho de que las percepciones de riesgo son sensibles a la experiencia personal (personas que han sido arrestadas o que tienen conocidos que lo han sido). El público en general, así como los delincuentes ocasionales, tienden a sobreestimar el riesgo de ser detenidos y ajustan sus percepciones a la baja según delinquen más y reconocen que ese riesgo es menor que el que primeramente estimaban.
Todas estas apreciaciones y muchas más son importantes a la hora de analizar e interpretar los datos empíricos. Se pueden establecer tres conclusiones tras la revisión de la literatura. En palabras de los autores:
“Primero, hay una fuerte evidencia de que el crimen responde a incrementos en los efectivos policiales y a las maneras en que se reasignan estos efectivos. Con respecto al número de efectivos, la mejor hipótesis, a nuestro juicio, es que la elasticidad del crimen violento y contra la propiedad respecto a la cantidad de policías es aproximadamente -0,4 y -0,2 respectivamente (porcentaje que en que disminuye ese tipo de delitos ante un incremento del 1% en la dotación de la policía). El grado en que estos efectos se deben a la disuasión y no al hacer imposible el delito es una cuestión abierta, aunque el análisis de las tasas de detenciones sugiere el papel de la disuasión (Levitt 1998, [4] y Owens 2013 [5]). Con respecto a la reasignación de los efectivos, la investigación experimental sobre el despliegue en lugares de concentración de delitos y los esfuerzos centrados en la disuasión han llevado en algunos casos a un descenso remarcable en los delitos, un hecho que puede ser atribuido a la visibilidad de esas acciones. 
Segundo, aun cuando la evidencia a favor de un vínculo entre el crimen y el castigo generalmente muestra un efecto de disuasión relativamente pequeño, parece que hay más evidencia de un efecto de disuasión más importante inducido por políticas que se centran en un aumento de penas a delincuentes específicos. Esto se ve en el efecto de la ley three-strikes (tres faltas) de California sobre el comportamiento de los delincuentes con dos faltas (véase Hellandand y Tabarrok 2007 [6]) y en el comportamiento de los delincuentes a los que se les aplicó el perdón en Italia (Drago et al. 2009 [7]). Por otra parte, mientras que la elasticidad del crimen con respecto a la duración de la sentencia parece ser grande en el caso italiano, es pequeña en el caso de California. 
Finalmente, hay una clara y fuerte evidencia, en general, de una relación entre las condiciones laborales locales, medidas según la tasa de desempleo o el salario, y el crimen. A pesar de que es difícil que estos efectos se vean enmascarados por los efectos de incapacitación, pueden estar mostrando respuestas debidas a otros efectos distintos de la disuasión. Más aún, no parece claro que acceder al empleo sea una disuasión entre los individuos con una vida criminal más productiva.”
El trabajo termina con algunas reflexiones sobre cómo desarrollar modelos teóricos que tengan en cuenta la literatura empírica. El aspecto más importante es acerca de la hipótesis que explica mejor por qué el crimen responde más a la probabilidad p que al coste f. Una primera explicación está en la línea de lo apuntado anteriormente, con castigos que llevan su tiempo para ser efectivos (desde el momento del delito hasta el del castigo). Además de la inclusión de la impaciencia, hay modelos alternativos de preferencias temporales que llevan a una mayor respuesta frente a p, como las preferencias con descuento hiperbólico, como muestra la literatura de la economía del comportamiento. Además del castigo legal, los delincuentes que son detenidos, sufren del estigma social. A medida que los individuos acumulan un historial criminal más largo, el estigma de ser etiquetado como “criminal” puede perder su efectividad y no representar una componente del coste de cometer un crimen. Así, en la medida que una proporción alta del crimen sea cometida por delincuentes reincidentes, el crimen sería más sensible a la probabilidad de detención que a la severidad de la sanción, puesto que los reincidentes ya han pagado el coste informal asociado con ser considerado un criminal. Una extensión final que merece ser discutida puede encontrarse en Durlauf y Nagin (2011) [8], y se sigue de la tendencia que tienen los individuos a sobreestimar la probabilidad de sucesos raros. En un mundo en el que la probabilidad percibida de ser detenido es muy baja, incluso cambios pequeños en esa percepción puede tener grandes efectos, con la capacidad potencial de racionalizar grandes cambios en el comportamiento ante el aumento de presencia policial en determinados lugares y a la publicidad encaminada a la disuasión.

Referencias:

4. Levitt, S.D. 1998. Juvenile Crime and Punishment. Journal of Political Economy 106 (6), 1156–85.

5. Owens, E.G. 2013. COPS and Cuffs. En Lessons from the Economics of Crime: What Reduces Offending?, edited by Philip J. Cook, Stephen Machin, Olivier Marie, y Giovanni Mastrobuoni, 17–44. Cambridge, MA y Londres: MIT Press.

6. Helland, E., y Tabarrok, A. 2007. Does Three Strikes Deter? A Nonparametric Estimation. Journal of Human Resources 42 (2), 309–30.

7. Drago, F.; Galbiati, R., y Vertova, P. 2009. The Deterrent Effects of Prison: Evidence from a Natural Experiment. Journal of Political Economy 117 (2), 257–80.

8. Durlauf, S.N., y Nagin D.S. 2011. Imprisonment and Crime: Can Both Be Reduced? Criminology and Public Policy 10 (1), 13–54.

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Hace cinco años en el blog: Economistas contra la crisis y el hombre de paja.
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sábado, 17 de junio de 2017

La disuasión del crimen (1)

Esta es la primera parte de la versión en español de mi artículo de mayo en Mapping Ignorance.


Gary Becker propuso el primer modelo económico sobre el comportamiento criminal. Con un enfoque neoclásico muy estándar estudió este problema aparentemente fuera del ámbito de la Economía. En particular, Becker asumió que los criminales son racionales y respondían a variables como la probabilidad de ser descubiertos, la severidad de los castigos y el coste de oportunidad en el mercado de trabajo. A este trabajo seminal siguió una literatura empírica abundante para contrastar hasta qué punto los potenciales criminales son disuadidos por estas variables. La literatura considera también novedades teóricas como la perspectiva dinámica del problema y la consideración de sujetos no perfectamente racionales, como sugiere la economía del comportamiento.

Chalfin y McCrary (2017) [1] examinan esta literatura para encontrar patrones, avanzar alguna conclusión y, tal vez, ayudar con recomendaciones de acción política. La primera cosa que notan estos autores es que las investigaciones se pueden clasificar en tres categorías generales, que corresponden a cada una de las tres variables mencionadas en el párrafo anterior. El papel de estas variables se puede ver como sigue: sea U(c1) la utilidad asociada con cometer un crimen sin ser descubierto, U(c2) la utilidad de cometer un crimen y ser descubierto, y (Unc) la utilidad de elegir no cometer el crimen. Finalmente sea p la probabilidad de ser descubierto. Entones, un individuo que tiene la oportunidad de cometer un crimen decidirá hacerlo si se cumple la siguiente condición:

(1-p)U(c1) + pU(c2) > U(nc).

Si el resultado de no ser descubierto (c2) se denota por Y (que puede interpretarse como ingreso monetario) y el resultado de ser descubierto se entiende como una reducción de este ingreso (Y-f), donde f se puede interpretar como la severidad del castigo, medida en ingreso equivalente, entonces la expresión anterior se puede reescribir como:

(1-p)U(Y) + pU(Y-f) > U(nc).

Las tres variables que afectan a la disuasión son p, f y el resultado de no cometer el crimen. El nivel de Y y la función de utilidad U son exógenas a las políticas de disuasión. De acuerdo con este modelo, un incremento en p o en f implican una mayor disuasión, como también la implica una mayor U(nc). Una característica interesante que se puede estudiar en este modelo es si los individuos se ven más afectados por p o por f a la hora de decidir si cometer el crimen. Becker (1968) [2] muestra que si los individuos son aversos a riesgo (como se suele suponer) un porcentaje de aumento en f es más efectivo como método disuasorio contra el crimen que el mismo incremento relativo en p, una conclusión que no se corresponde con la opinión contemporánea más extendida entre los jueces. 

Un modelo reciente en Lee y McCray (2017) [3] introduce un factor dinámico. Si el castigo tras ser descubierto es un número de años en la cárcel, entonces la severidad del castigo debe ser medida como años y no como una pérdida de ingreso como en el modelo de Becker. La consecuencia de esta diferencia es que el crimen se verá reducido por un aumento en el tiempo de condena, y el mecanismo de comportamiento deberá ser modulado según las preferencias temporales. En particular, los individuos impacientes mostrarán una mayor reacción a la probabilidad de captura que a la extensión temporal de la sentencia.

(Continúa aquí).

Referencias:

1. Chalfin, A., y McCrary, J. 2017. Criminal Deterrence: A Review of the Literature. Journal of Economic Literature 55(1), 5–48.

2. Becker, G.S. 1968. Crime and Punishment: An Economic Approach. Journal of Political Economy 76 (2), 169–217.

3. Lee, D.S., y McCrary, J. En prensa. The Deterrence Effect of Prison: Dynamic Theory and Evidence. Advances in Econometrics.

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Hace cinco años en el blog: Sobre el nacionalismo.
Y también: Sobre el nacionalismo (2).
Hace tres años en el blog: Seguros de salud privados: ¿selección adversa o propicia? (1)
Y también: Seguros de salud privados: ¿selección adversa o propicia? (2)
Y también: Ciencia y democracia.
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sábado, 10 de junio de 2017

Escépticos en el pub. Crianza basada en la evidencia. ¡Aparta ese pulpo de mi hijo!


Despedimos la temporada el sábado 10 de junio con un tema que llevábamos tiempo queriendo programar: el de la pseudociencia que ha ido creciendo en torno al embarazo y la maternidad. María Martínez Giner (@_Elara_) descubrió ese mundo cuando se quedó embarazada de su hijo y ahora nos va a exponer sus experiencias en una charla titulada “Crianza basada en la evidencia: ¡aparta ese pulpo de mi hijo!”. Así nos resume su contenido:
«“La privación de sueño, la necesidad de cuidar a otro incluso por encima de tus necesidades, el amor incondicional y el miedo a la pérdida, la reducción de tu vida social, la movilización masiva de recursos, el agotamiento físico y mental… Ser padre o madre muchas veces nos coloca en una posición en que tomar decisiones racionales es difícil. Somos presa fácil para vendedores de humo. Pero de nuestras decisiones como padres dependerá la salud y el bienestar de nuestros hijos, así que vamos a repasar los mitos y supercherías más habituales que rodean la crianza, los más peligrosos y, ¿por qué no? los más absurdos”».
María Martínez Giner es licenciada en veterinaria, especialista en cunicultura y en genética de la reproducción. Después de más de 10 años trabajando en reproducción de diferentes especies, decidió en 2015 dar el salto y probar la reproducción humana en carne propia. Aún está intentando recuperarse. Es miembro del Consejo Asesor de ARP-SAPC.

Como siempre, la entrada es libre y gratuita. Durante la realización de esta actividad cultural está permitida la presencia de menores de 18 años, siempre que no consuman bebidas alcohólicas, y de los menores de 16 años si están acompañados por uno de sus padres o tutor. Os esperamos en el Moe Club, en Alberto Alcocer 32 el sábado 10 de junio a las 19:00.

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Hace cinco años en el blog: El rescate. Entre apocalípticos e integrados.
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martes, 6 de junio de 2017

En cuestión de sexos, más datos y menos ideología


Hay quien cree que las mujeres tienen menos tendencia a decantarse por algunas carreras que por otras, o que son los hombres quienes tienen esa tendencia. Hay quien piensa que, de ser cierto la anterior, la tendencia por fuerza tiene que ser social y no genética. ¿Hay razones tras esas creencias? Una mirada casual a la proporción de hombres y mujeres en las distintas carreras parece indicar que hay, efectivamente, distintas preferencias entre sexos. El hecho de que las mujeres hayan entrado en otras carreras antes también acaparadas por hombres parece dar fuerza a la creencia de que las preferencias innatas pueden no estar explicando el fenómeno observado y que tienen que haber sido moldeadas socialmente. Sin embargo, estas justificaciones de las creencias no están bien fundamentadas. Hay múltiples hipótesis que podrían explicar los datos. Hagamos una lista:
  1. Las mujeres tienen menos inclinación por esas carreras por causa genética.
  2. Las mujeres tienen menos inclinación por esas carreras por causa social.
  3. Las circunstancias específicas en esas carreras implican una dinámica más lenta en la presencia de mujeres que en otras antaño también dominadas por hombres.
  4. Las mujeres aprecian igual que los hombres cada carrera, pero ni a hombres no a mujeres les gusta demasiado estar en minoría (modelo de segregación de Schellling).
Que yo sepa, ninguna de estas hipótesis (ni otras posibles) está probada ni descartada. Proponerlas como líneas de investigación no es machista ni deja de serlo, aceptar alguna de ellas sin estar probada sí puede serlo. P.e., no aceptaremos sin más que a las mujeres les gusta la ingeniería menos que a los hombres solo porque satisfaga la intuición de alguien y porque una mala mirada a los datos así parezca decirlo. Tampoco rechazaremos sin más que haya una diferencia de gustos innata solo porque choca con la intuición de alguien, normalmente porque piensa que la diferencia innata justificaría la discriminación por sexo o, alternativamente, porque haría más difícil igualar la presencia de hombres y mujeres en las distintas carreras que si la diferencia de preferencias tuviera un origen social. Ninguna de las dos cosas se seguiría de ese dato. Lo que necesitamos para dar con la explicación adecuada no es la idea preconcebida de ninguna ideología, sino datos que todavía no tenemos.

Mientras llegan los datos –y pueden tardar mucho en llegar- no debemos dar por buena ninguna hipótesis y actuar en la dirección de menor daño o de más probable beneficio, y yo creo que esta es la de animar a hombres y mujeres a que acudan a las carreras en las que están menos representados.

Cambiemos de tercio y observemos que hay quien piensa que los hombres tienden a interrumpir a las mujeres (manterrumping) o a despatarrarse en el transporte público (manspreading) o a explicar cosas a las mujeres condescendientemente (mansplaining). ¿Están bien fundamentadas estas creencias o pasa como en el caso anterior de las distintas hipótesis sobre la presencia de hombres y mujeres en distintas carreras? ¿Hay algo más que la intuición de alguna ideología? La hipótesis de los distintos gustos entre hombres y mujeres tenía los datos de mayor presencia de uno de los sexos en distintas carreras y ya hemos visto que, incluso existiendo este dato, no es suficiente para aceptar la hipótesis. En los casos de manterrumpting, manspreading y mansplaining, ¿tenemos siquiera esos datos? Yo no los he visto, solo he leído relatos anecdóticos que se refieren como generales, representativos o, por lo menos, como de mayor ocurrencia entre hombres que entre mujeres. No sé si esas cosas ocurren, sino que no se ofrecen los datos.
Por ejemplo, para mostrar el manterrumping, se ofrecen debates entre hombres y mujeres (por ejemplo, entre Clinton y Trump) y se cuenta que Trump interrumpió a Clinton muchas más veces que al contrario. El dato es cierto, pero no sabemos si es general. Habría que hacer, por lo menos, tres cosas más para comprobarlo: (i) que esto ocurre cuando se toma una muestra aleatoria de debates, (ii) que los hombres interrumpen más a las mujeres que a otros hombres y (iii) que las mujeres no se interrumpen más entre ellas que lo que interrumpen a los hombres. Por ejemplo, si (ii) no se da, ¿en qué queda el manterrumping? Será cierto que los hombres interrumpen más, pero no que discriminen por sexo en la interrupción. Algo parecido podríamos pedir a los datos que apoyen el mansplaining. En el caso del manspreading. ¿Alguien se ha puesto a contar qué porcentaje de hombres ocupan más sitio del que deben y lo ha comparado con el de las mujeres? ¿Ocurre siempre o solo cuando hay asientos vacíos? ¿De cuanto sitio ocupado estamos hablando? ¿Se mantiene la diferencia si se controla por el tamaño de la persona o alguna otra circunstancia? Si ocurre, ¿se debe a un deseo de acaparar espacio o hay razones anatómicas?

Yo no tengo ni idea de si estas cosas ocurren y en alguna de ellas tengo curiosidad por saber si es cierta o no. Sobre lo que sí tengo idea es que, mientras lleguen los datos, igual que hacíamos antes, trabajemos sobre la hipótesis de menos daño, aquella que no supone una diferencia donde no sabemos si la hay.

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Hace tres años en el blog: Los mitos de la razón. El Homúnculo y el Fantasma en la Máquina.
Y también: Salud y República.
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